A MANERA DE INTRODUCCION:
De entrada, quisiera enfocar un tema que se refiere a un aspecto de la comunicación social de nuestros tiempos y toca elementos de la subjetividad humana. Este aspecto se manifiesta en la actualidad política de la mayoría de las democracias occidentales como una evidencia de la complejidad de nuestra vida cotidiana que no está siendo comprendida desde el poder político. Se trata del discurso de ira que emana desde los grupos que ejercen el poder en diversos estados nacionales y que se ven a sí mismos como los beneficiarios legítimos y privilegiados de los servicios de convivencia o gobernanza que se produzcan desde ese estado nacional. Pero el discurso de ira tiene raíces que se entrelazan con conceptos más concretos como el estado nacional, la democracia liberal, el concepto de nacionalidad versus la ciudadanía y la manera como la inconformidad con las dinámicas sociales ha dado fuego a una retórica de la división.
A este tema se le puede atribuir una gran influencia en eventos como la decisión mayoritaria del pueblo británico de salir de la comunidad europea y la elección en los Estados Unidos del presidente Donald Trump. En ambos casos se dio una manifestación electoral de un estado de insatisfacción oculto. Oculto en el sentido de que no se manifiesta en el discurso prevalente en los medios de comunicación social, y por ello se constituyeron en una verdadera sorpresa.
- DEL ESTADO NACIONAL
Antes de tratar las bases de esta secuencia, no muy organizada, de reflexiones es importante que revisemos los planteamientos del investigador cubano Pedro Sotolongo en lo que concierne a la forma en que se configura el comportamiento cotidiano de las personas alrededor de expectativas mutuas de comportamiento social.
Tal como el nombre lo indica, las expectativas mutuas de comportamiento no son más que aquellas imágenes mentales que nos hacemos acerca del comportamiento de los demás y que cuando se ritualizan e institucionalizan constituyen la matriz del comportamiento cotidiano y el tejido base de una cultura. Dichas expectativas mutuas se cimentan alrededor de prácticas cotidianas, por lo recurrentes, que se pueden observar como prácticas de poder, deseo, saber y discurso, siguiendo la configuración propuesta por Sotolongo, y que pueden manifestarse en uno sólo de estos ámbitos o en varios. A su vez, estas prácticas emergen de un rizoma que va de lo reflexivo, en su etapa de aprendizaje, a la consciencia tácita pre-reflexiva, para luego reaparecer en el ámbito reflexivo al conjugarse con lo intencional cuando dichas expectativas no son cumplidas o requieren de una institucionalización más formal.
Se puede colegir, pues, que si la cultura de un pueblo se basa en tradiciones y trayectorias compartidas, entonces el escenario en que tales tradiciones, ya culturales, se manifiestan sería en la vida cotidiana de cada miembro de ese pueblo y permanecen en las expectativas que tiene cada individuo acerca del comportamiento del resto de la colectividad.
Si aceptamos que la cultura homogénea que se le atribuye a un pueblo o nación parte de sus tradiciones, un pueblo, una nación, serían pues un conjunto de personas con expectativas mutas de comportamiento ritualizadas y/o institucionalizadas de manera más o menos homogénea. De aquí emergería el criterio de que el estado nacional se sostiene en el derecho de un pueblo a vivir bajo leyes que sean compatibles con sus tradiciones, o sea, sus expectativas mutuas de comportamiento ritualizadas y/o institucionalizadas a través del tiempo.
En la dinámica cotidiana de una cultura determinada, y a falta de un contacto físico permanente entre los miembros de esa cultura, son las prácticas de discurso las que emergen como vector de transmisión de las expectativas de comportamiento propias de esa cultura. Visto lo anterior, las prácticas de discurso son vehículo inicial de las expectativas de comportamiento de los miembros de una cultura, ya sea que la misma se encuentre en mayoría dentro de un ámbito nacional o se encuentre en condición de minoría.
La capacidad humana para modificar el entorno nos permitió migrar a cualquier parte en la que se encontraran las condiciones más propicias. Pero, ya en el momento en que se concibe la idea de un estado nacional, las poblaciones de Europa Occidental habían alcanzado un cierto equilibrio. Dicho equilibrio, con el correr de los años, se manifestó en una serie de características étnicas definidas que fueron incorporadas, junto con las expectativas de comportamiento, al criterio de nación, fomentándose con ello ciertos arquetipos de aspecto y comportamiento.
Toda esta consideración sobre las prácticas de discurso y su vinculación con las expectativas de comportamiento propias de un determinado entorno cultural, nos lleva a mencionar una especial tendencia reciente hacia lo que he llamado el “discurso de ira”. Este concepto se refiere a la forma en que determinados grupos manifiestan su inconformidad con cualquier comportamiento que esté fuera de las expectativas propias de su cultura. Sin embargo, en su encarnación más reciente, este discurso no se limita a manifestar hostilidad hacia las prácticas de algunas minorías, sino que ha sido también usado por grupos racistas más radicales para rechazar la presencia de individuos perfectamente asimilados al comportamiento predominante, pero, que no se parecen externamente a ellos.
El discurso de ira se presenta en casi todos los estados nacionales y es ejercido por las mayorías étnico-culturales que se arrogan la propiedad y representación de dicho estado nacional. Casi siempre, se usa para deslegitimar las prácticas cotidianas de saber y discurso de las minorías y para argüir a favor del des-empoderamiento de esas mismas minorías. Sin embargo, este discurso de ira no es necesariamente, como acabamos de mencionar, un ejercicio de racismo fundamental sino un recurso para ventear la insatisfacción de determinadas expectativas.
De igual forma, ocurre que, en determinadas sociedades, el discurso de ira es usado como arma para deslegitimar y desempoderar a determinada mayoría. Por ejemplo, en Sudamérica hay países en los que, siendo la mayoría de la población étnicamente aborigen, el discurso de ira fue usado, no por esa mayoría, sino por parte de una minoría opresora. Sin embargo, para poder avanzar en este tema tendríamos que convenir en que el discurso de ira (Ira Oratio, como también lo he llamado) es una herramienta del poder, generalmente mayoritario, en contra de minorías oprimidas, con el propósito de conformar estas minorías con las expectativas propias de la cultura del opresor.
En cuanto a las minorías, el efecto del discurso de ira sobre ellas ha sido el de la supresión de muchas manifestaciones y la conformación del propio comportamiento de dichas minorías a las expectativas manifiestas desde ese mismo discurso de ira originado en las mayorías. Como un ejemplo, baste mencionar que la generación de afro-americanos que se manifestó públicamente durante el período de la lucha por los derechos civiles en los años 60 del pasado siglo, no era diferente de las mayorías que le oprimían en cuanto al comportamiento cotidiano, o sea sus hábitos, la forma de vestir, de hablar, etc. Dicho de otro modo, la manera como esa minoría oprimida reaccionó al discurso de ira de la mayoría opresora, fue adquiriendo el aspecto externo de esa mayoría que le oprimía y asimilando sus expectativas de comportamiento mutuo como un elemento de legítimo de pertenencia a esa cultura.
Recordemos que todo esto emana de un instante en la vida de las naciones en que existía una morfostásis en cuanto a los caracteres étnicos de las mismas. Sin embargo, en un entorno dinámico de nuevas oleadas migratorias, tiene acaso sentido que mantengamos los viejos ideales de una nación étnica y culturalmente homogénea que alimente las mismas expectativas de comportamiento mutuo?
Para nosotros los latinoamericanos el concepto de una nación vinculada a la apariencia externa es insostenible. Somos verdaderamente tan diversos que nuestro concepto de nación solo puede existir en el ámbito de las costumbres y las expectativas de comportamiento mutuas, las cuales se han hecho cada vez más complejas con el correr del tiempo.
2. SOBRE LAS DEMOCRACIAS LIBERALES DE CORTE “OCCIDENTAL”
En el occidente de Europa se inició el proceso intelectual de generar las ideas que dieron base a lo que hoy llamamos “democracia liberal”. Sin embargo, este proceso adquiere forma funcional con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Esta declaración establece las bases de un sistema en el que el gobierno es electo por la mayoría pero se preservan los derechos y libertades de las minorías en una dinámica que emerge como un equilibrio precario entre el poder ejercido a través del voto por las mayorías y la protección de los derechos, consagrados en la constitución, para las minorías a través de un balance entre los poderes del estado.
Este equilibrio dinámico se encuentra asegurado por las instancias de gobernanza y exige una vigilancia permanente debido a que las mayorías culturales o étnicas, o ambas a la vez, entienden que el estado al que pertenecen es una continuación jurídico-política del estado nacional con lo que, en ocasiones, se arrogan el derecho de satisfacer o legitimar a su conveniencia cultural las prácticas de otros grupos dentro del estado de democracia liberal. Por supuesto, el sistema educativo masificado y estandarizado es un intento de conformar todos los comportamientos cotidianos a las expectativas, ya arque tipificadas, de las mayorías étnico-culturales y el poder político-económico.
Esta forma de organización del estado, en su momento tan novedosa, asumió una serie de premisas, de manera un tanto tácita, las cuales nos han llevado a una situación de cierta confusión. Una de esas premisas fue que el estado nacional, en tanto correspondiente a una nación pre-existente, debía servir a esta nación que lo fundó y, puesto que todos los ciudadanos o miembros de este estado eran a la vez miembros de la nación a la que servía, la nacionalidad y la ciudadanía debían ser una sola cosa con los mismos privilegios y vías de acceso. Por supuesto, se hizo salvaguarda de que varias posiciones electivas, como las de presidente y vice-presidente de la república, solo eran accesibles si se había nacido dentro del territorio nacional. Con esto se garantiza, de la mejor manera posible, la pertenencia a las características culturales de la nación a la que sirve ese estado.
Estas premisas asumidas por los fundadores de los Estados Unidos, y en consecuencia por las repúblicas que se inspiraron en este proceso en todo el resto de América, de equiparar la nacionalidad a la ciudadanía, han generado, con el correr del tiempo, una gran ansiedad en las etnias mayoritarias que ven ahora en sus con-nacionales a personas con una gran diversidad étnica y cultural que no necesariamente existía en los inicios de esta república. Aquellos, que entendían que el estado fundado para servir a una nación mayoritariamente blanca no podía tratar de igual manera a los que no se le parecen, ahora manifiestan su repulsa ante este nuevo aspecto de “su país” y ven su discurso suprimido por los medios que se adhieren a las bases de la democracia liberal.
En cuencas de nacionalidad más antiguas ya hace tiempo que ambos conceptos fueron segregados. De esta manera acomodaron la existencia de naciones pluri-estatales (que se encuentran dispersas en varios estados como los Kurdos), o estados pluri-nacionales como la ex Unión Soviética. Igual ocurre en países como los reinos del golfo en que hay unas minorías de nacionales “auténticos” servidas por una inmensa mayoría de residentes que, en algunos casos, pudieran llegar a tener algunos derechos de ciudadanía. Pero esto puede ocurrir en el ámbito de un estado totalitario, jamás en una democracia porque desde el momento en que haya una mayoría numérica de ciudadanos, esta podría ser usada para despojar a la nacionalidad “autentica” de todos los privilegios que le otorguen las leyes.
Dicho de otro modo, los blancos que componen la todavía mayoría de la población de los Estados Unidos de América (69%) pueden entender que el estado nacional que los ampara es una entelequia jurídico-política creada para dar carácter legal a sus expectativas de comportamiento ya institucionalizadas. De igual manera, los dominicanos que vivimos en esta república sentimos que el estado nacional llamado República Dominicana existe para que los dominicanos puedan vivir con arreglo a sus costumbres, por lo que toda otra práctica que le sea ajena debe ser suprimida. Esta es una expectativa legítima desde el punto de vista de la educación tradicional y el concepto tan repasado de que el estado nacional fue fundado para gobernar a una nación con determinada cultura y no a otra.
Es fácil juzgar, pero la realidad es que no le falta razón al clamor de las mayorías siempre que se asuma que el estado que ha optado por el régimen de democracia liberal es también un estado nacional establecido para proteger el derecho de un determinado pueblo a vivir con arreglo a leyes inspiradas en su cultura, o, dicho de otro modo, sus propias expectativas de comportamiento institucionalizadas.
Es importante ver, en un estado, el motivo expuesto por sus fundadores para tal creación. De las primeras palabras públicas que se conservan de Juan Pablo Duarte (padre de la patria Dominicana), durante el inicio de los trabajos conspirativos de su sociedad secreta, extraigo estas palabras:
“…La cruz blanca que llevará nuestra bandera dirá al mundo que el pueblo dominicano, al ingresar en la vida de la libertad, proclama la unión de todas las razas por los vínculos de la civilización y el cristianismo… “
Como podemos ver, los fundadores entendían a mi país como un pueblo esencialmente cristiano y parte de lo que él llamaba “civilización” y que por supuesto se debe entender como civilización europea occidental (pues de ahí venía su formación). Y, visto de otro modo, ya desde los inicios del ejercicio de la llamada democracia liberal se manifiestan debilidades que emergen del concepto de que un estado nacional debe estar vinculado a un derecho que podríamos denominar “ab culturam” o emanado desde la cultura. La permanencia de tal concepto genera una paradoja para la democracia liberal que se puede plasmar como:
¿Deben los poderes del estado suprimir los intentos de la mayoría cultural por imponer sus expectativas de comportamiento a las minorías que coexisten dentro de una democracia liberal, toda vez que el estado ha sido fundado desde tales expectativas de las mayorías?
¿Puede prevalecer el concepto de un “estado nacional” basado en expectativas propias de la nación que le da origen, dentro del ámbito jurídico-político de una democracia liberal que está llamada a proteger las expectativas (siempre que sean legales) de otros grupos nacionales dentro de ese mismo estado?
A primera vista, repito con el temor de sonar manido, pareciera que es legítimo el discurso de ira emanado de las mayorías para tratar de “forzar” el cumplimiento de sus expectativas culturales por parte de las minorías. Por otro lado, sería contraproducente para el poder constituido el tratar de suprimir este discurso bajo el alegato de que fomenta la división y el odio, toda vez que el estado nacional nace precisamente para preservar las características, modo de vida y expectativas de ese grupo que es coyunturalmente mayoritario.
En ningún otro país es más evidente este conflicto entre los conceptos de estado nacional y democracia liberal que en Israel. En ese país, y puesto que la población de origen árabe palestino crece mucho más rápido que la judía, llegará el momento en que tendrán que decidir si quieren ser un estado nacional judío o una democracia liberal. Esto así porque los palestinos estarán dentro de muy poco en la condición de elegir a los representantes del poder del estado y cambiar la base legal de las expectativas de comportamiento mutuo. Viendo el devenir de esta dinámica pareciera que Israel está condenado a convertirse en un estado totalitario, con régimen tipo “apart-heid”, en muy corto tiempo.
En las democracias liberales occidentales, se ha tratado de suprimir el discurso de ira sin comprender la frustración de las mayorías con respecto a estas expectativas diferentes de los grupos minoritarios, frustración que también se ve exacerbada por la situación de crisis del capitalismo de mercado actual. Estos intentos de supresión y/o deslegitimación del discurso de ira han generado un distanciamiento con respecto a las elites políticas, que ha provocado los eventos como el llamado “Brexit” y la elección de Mr. Trump, así como el surgimiento de grupos abiertamente xenófobos en muchos países de occidente y del este de Europa.
3. EL EMERGER DEL DISCURSO DE IRA EN OCCIDENTE
Como vimos, las mayorías culturales dentro de las democracias liberales de occidente han ido entendiendo como un derecho inherente al estado nacional la expresión de sus expectativas de comportamiento (ritualizadas o institucionalizadas). Sin embargo, las democracias liberales, en su afán por evitar el emerger de situaciones de inestabilidad o violencia, han intentado suprimir lo que han llamado “discurso de odio” o “expresiones xenofóbicas y racistas” cada vez que un elemento cualquiera de las mayorías étnico-culturales de un país recurre a un discurso deslegitimador de las prácticas de una minoría co-habitante.
Es importante que empecemos a discriminar entre la manifestación de una indignación cuasi-legitima sobre las expectativas de comportamiento mutuo insatisfechas por las prácticas de una minoría y aquello que se puede llamar discurso de odio, incitación a la violencia o racismo puro y simple. En esencia, el discurso de ira es tan viejo como el establecimiento de las primeras comunidades en las que empezó a primar una determinada expectativa de comportamiento. El discurso de ira proviene de la promesa de la creación de un estado nacional para vivir con arreglo a las propias costumbres y el discurso de odio proviene del miedo o de la creencia en una superioridad intrínseca.
Igualmente importante es que podamos entender fenómenos como el de la victoria de Donald Trump o el fenómeno “Brexit”. En ambos casos la percepción de una supuesta amenaza al estilo de vida de los países en que ocurrió pareció primar sobre lo que indican los más fríos números. Por supuesto, siempre que se mencionan estos temas relacionados con la subjetividad humana es esencial que sepamos que las percepciones vinculadas a esos movimientos políticos son contextuales. Por lo regular se dan en situaciones en que la dinámica económica se halla atrapada en atractores indeseables para la población perteneciente a esa mayoría que ejerce el discurso de ira.
Por varias décadas, las democracias liberales occidentales lograron suprimir el discurso de ira de las mayorías nacionales mediante una especie de consenso no escrito entre el discurso político y los medios de comunicación tradicionales. Sin embargo, el emerger de las redes sociales tecnológico-electrónicas ha creado un espacio sin censuras en el que pululan las teorías de conspiración, mundiales o locales, y se hace muchísimo énfasis de una serie de amenazas, reales o inventadas, con lo que se crea un ambiente de inevitable desastre. Dentro de este ámbito se ha fortalecido una especie de contra-cultura que es completamente etno-céntrica y regionalista.
Por supuesto, el ejemplo perfecto es el presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump quien, como médium de feria, ha “canalizado” las inquietudes, legítimas o no, de las mayorías étnico-culturales de su país. En este proceso se ha convertido en un presidente retórico, cuyos logros se miden sólo desde este ámbito y con ello satisface la necesidad, casi morbosa, de esas otrora mayorías de escuchar su discurso legitimado. Su gran juego es precisamente que esas mayorías atemorizadas y mordidas por la crisis del capitalismo, se dejen llevar por sus logros retóricos de hablar, “al fin” entienden esas masas empoderadas y desposeídas, de las murallas en la frontera y la prohibición de entrada de musulmanes, sin ponderar que nada ha cambiado en realidad y que la crisis, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, sigue estando ahí.
No hay salida simple ni evidente de esta situación de incompatibilidad última entre el concepto de estado nacional creado para preservar una cultura y la democracia liberal instaurada para proteger los derechos de cada individuo. Sin embargo, sería saludable ver diferentes mecanismos de mitigación de la tensión estado nacional – democracia liberal y sus desenlaces posibles. Una discusión a fondo de los mecanismos de mitigación, en diferentes contextos y escenarios, escapa al alcance de este breve documento pero de momento se nos ocurren estos mecanismos:
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- Abandonar el concepto de estado nacional a favor de un concepto de espacio de derechos vinculado a un territorio (poco plausible en el contexto actual), lo cual conllevaría la segregación definitiva de los conceptos de “nacionalidad” y “ciudadanía”.
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- Mantener el estado nacional pero aplicando su fragmentación de manera que se repitan los ejercicios de segregación del profesor Schelling y de forma que al final existan gobiernos locales de mayorías confinadas a determinados espacios.
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- Mantener el sistema de convivencia entre el estado nacional y la democracia liberal pero permitiendo y legitimando los reclamos de las mayorías así sea que se manifiesten en discurso de ira, aún a riesgo de generar alienación permanente de las minorías objeto de dicho discurso.
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- Lograr el cumplimiento de las expectativas de comportamiento de las mayorías a través de la educación.
- Una combinación cualquiera de los procesos anteriores, como por ejemplo: abandonar el concepto de estado nacional y sustituirlo por un concepto de espacio de derechos y, al mismo tiempo, reformular la educación para generar expectativas de comportamiento colectivas que no obedezcan a la caracterización de ninguna de las culturas presentes.
4. LA EDUCACION COMO CLAVE DE LOS PROCESOS DE MITIGACION
Vistos los escenarios del punto anterior, encontramos que el menos traumático sería el uso de la educación como mecanismo para conciliar las expectativas de comportamiento de los grupos minoritarios o minorizados con aquellas de los grupos mayoritarios o en control del poder político-económico.
Esta salida no es nada nuevo. Por el contrario es lo que se ha venido haciendo desde hace tiempo sin que se defina como una estrategia centrada en una conciliación. Sin embargo, a lo que nos referimos cuando hablamos de recurrir a la educación como árbitro de las expectativas de culturas co-habitantes no es al manido tema de usar el proceso educativo como si fuera compuesto de rieles sobre los que debe rodar el comportamiento de todos los habitantes de un país, sino más bien de una dinámica de indagación que se centre en los intereses comunes de todos los seres humanos y al menos trate de desechar el evidente etnocentrismo de casi todas las dinámicas educativas actuales. Por supuesto, esto de eliminar el etnocentrismo se dice fácil pero no es tan sencillo. De entrada se tiene que elegir la lengua en la que se ejecutará el proceso educativo, lo cual acarrea una valoración histórica y se emite una opinión sobre la relevancia y aptitud de una herramienta determinada de comunicación.
Por otra parte, tenemos que entender que todos los mecanismos pensados para mitigar la tensión entre el concepto de estado nacional y la idea de la democracia liberal serían propuestos para afectar sistemas altamente complejos como las sociedades humanas. Estos colectivos, como sistemas complejos, tienen infinitos contextos para cada escenario. Igualmente, es bueno enfatizar que el discurso de ira no es una enfermedad sino solamente el síntoma de una enfermedad más profunda que sub-yace. Esa enfermedad es la profunda situación de inequidad que castiga al capitalismo occidental y que ha hecho emerger las incoherencias entre el supuesto respeto a las minorías y la promesa de un estado protector de la cultura propia.
El rol de la educación, en medio de esta dinámica de desmonte de antiguos presupuestos, puede ser central por las siguientes razones:
- Un largo proceso educativo puede desmontar o afianzar la expectativa de disponer del estado como ente protector de la propia cultura, eliminando así el conflicto estado nacional – democracia liberal.
- A través de la educación se pueden integrar y fusionar las expectativas propias de otras culturas en la consciencia colectiva de una nación, siempre que dichas expectativas de comportamiento sirvan mejor a su fin manifiesto.
- La educación puede anular o maximizar el efecto del discurso de ira como modulador de las expectativas de las minorías.
- Desde las aulas se puede atacar la raíz de la inequidad fomentando una cultura de empoderamiento de las masas más desfavorecidas.
El más evidente problema que emana de las democracias liberales occidentales y que se inserta en los procesos educativos desde el principios, en cuanto a reconocer el discurso de ira como tal, proviene del legado lineal, analítico y reduccionista que impide ver a las minorías como otra cosa que no sean componentes monodimensionales. Esto es, el negro es solo eso, negro, el árabe es sólo árabe, el chino sólo chino, en cada caso con su carga de estereotipos y expectativas intrínsecas. Esto ignora las muchas historias de cada ser humano. Se puede ser negro, árabe, chino, pero también alto, bajo, gordo, flaco, callado, escandaloso, decidido, elegante, rufián, trabajador, y una serie interminable de etcéteras. Cuando un miembro de una minoría rompe con las expectativas mutuas de comportamiento de una determinada cultura, la crítica que le pueda sobrevenir no es necesariamente un manifiesto racista, sino que puede apuntar a una de esas muchas, casi interminables, características que puede tener, o no tener, una persona cualquiera. El discurso de ira que menciona determinada prevalencia en una minoría es un mecanismo que ha existido desde los albores de la civilización para forzar a los grupos recién integrados al cumplimiento de las expectativas de una cultura. No es un vestigio del racismo xenófobo.
Cuando alguien en Europa o Norteamérica me señala la tendencia de sus vecinos dominicanos a ser ruidosos, vociferantes, e incluso molestos, no necesariamente apunta a un asqueroso manifiesto racista. Apunta a un hecho que rompe sus expectativas de un comportamiento callado. En vez de defenderme diciendo que no todos los dominicanos son escandalosos, porque no todos realmente lo somos, debo entender que muchos sí lo son y que también pueden ser muchas otras cosas, malas y buenas, o sea armoniosas con las expectativas de su nuevo entorno social como migrantes o disruptivas con ese mismo entorno.
En ese aspecto, el papel de la educación puede y debe ser crucial, en el sentido de que un quinto eje de los efectos benéficos de la educación puede ser el de finalizar ese concepto monodimensional de las minorías. Esa idea, verdaderamente atávica, de que las personas sólo pueden ser una sola cosa. Puede que sea hora de que nos sentemos a escuchar la llamada legítima de los agonizantes estados nacionales, quiero decir, estados nacionales como conceptos, y entender que en esta dinámica de discursos legítimos y no tanto, hay un hilo conductor que viene de muy lejos.
De manera que no todo lo que se critica de una minoría es porque esa minoría es amarilla o negra o de cualquier otro color. Pueden haber razones legitimas, desde la cultura que sea, para que se reclame el cumplimiento de las expectativas de comportamiento dentro de un estado nacional X. Si no entendemos esto sólo hay uno de dos caminos, o prescindimos completamente del estado nacional o aceptamos esto como legitimo e iniciamos una conversación sobre esta base para que, algún día, podamos vivir en paz.