Hasta Cuándo, Catilinas y Catilinos?

Marco Tulio Cicerón fue uno de los más importantes oradores forenses de Roma durante la transición de República a Imperio. Una serie de sus arengas (las llamadas catilinarias) ha pasado a la historia por su introducción. Las primera de ellas iniciaba con la pregunta «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» La cuál se traduce como: Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? O de manera popular, y muy usada por nuestros letrados en audiencia, como: Hasta cuándo Catilina?

Por supuesto, en la actualidad aparecerá un lego que dirá que hay que ser inclusivos en cuanto al género y que habría que incluir a Catilino (todo un disparate porque Catilina es un nombre propio de varón), pero estos son los tiempos en los que vivimos. Ahora veamos, el tema de la corrección política emerge en el contexto filosófico del post-modernismo que establece que toda forma de opresión emerge de «constructos sociales» y que esos constructos rigen las relaciones entre las personas. El género es un constructo y como tal es completamente contextual.

Hace unos días se hizo pública la noticia de que en los Países Bajos, un caballero de sesentainueve años de edad procedió a demandar al gobierno para que se cambiaran todos sus documentos de manera que figurara como un hombre de cuarenticinco años. Su argumento? Que él se siente de esa edad y que se le discrimina por ser haber nacido muy temprano. No dudo que los tribunales le den la razón porque ya lo han hecho antes con respecto a otros temas como el sexo que se tiene de nacimiento.

Fuera de la chanza que todos disfrutamos por las redes, la demanda de este señor es un espejo de la disparatada realidad que nos ha tocado vivir. Y yo pregunto: si un hombre, que ha vivido toda su vida como tal, decide un día que quiere ser tratado como mujer y que sus documentos oficiales reflejen tal cambio porque él «se siente mujer», entonces, por qué, carajo, uno que se siente joven no puede ser joven? Por supuesto, eso tiene implicaciones desde el punto de vista del seguro de salud, de los préstamos hipotecarios (a los sesentainueve no te prestan a veinte años pero a los cuarentaicinco sí), de la búsqueda de empleo y hasta de los descuentos en el transporte o la fila del banco. Pero también desde el punto de vista penal. Si un hombre de treinta años «se siente» de quince y se le declara como tal, deberá ser juzgado en un tribunal de menores si mata a su hermana?

Yo, por lo pronto, quiero que en vez de pesar doscientas cuarenta libras (que es lo que dice la balanza) se me considere de ciento ochenta porque me siento más ligero. No acepto que se me discrimine cobrándome más por el seguro médico por ser ligeramente obeso. Tampoco acepto que me cobren más por el transporte o se me considere gordito. De hecho quiero que los médicos que me digan que estoy en sobre peso, sean encarcelados por uso de un lenguaje ofensivo. Esto parece un chiste, pero en Canadá se aprobó una iniciativa que buscaba hacer obligatorio que a las personas se les hablara usando el artículo y el pronombre que hubieran seleccionado en virtud de su preferencia de género.

Cómo lo explico?

Nada, que estamos jugando a un juego de identidades arbitrarias sin ningún apego a la realidad. El problema es que el juego de las identidades es casi infinito. Hasta dónde llegaremos? Ya es contextual el género, los artículos, los pronombres, la edad y, si me complacen en lo que quiero, el peso corporal.

De manera que me parece justo que increpemos a nuestras sociedades y a nuestros tiempos como hace dos mil años increpó Cicerón a Catilina, con estas palabras:

¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?

¿Por cuánto tiempo tu locura se burlará de nosotros?

¿Hasta qué extremos ha de llegar tu audacia desenfrenada?

Monumentos a la Enfermedad

Hace casi treinta años, un viejo amigo venido del lejano Perú, Don José Taboada, me decía que no le gustaban los hospitales inmensos de los que se vanaglorian los políticos del patio. Se refería a los de su patio y a los del mío. Según él, esos gigantescos hospitales eran inmensos monumentos a la enfermedad y al fracaso de los países en sus políticas de salud.

Y tenía razón. Lo contrario a la salud es la enfermedad y esos hospitales viven llenos de enfermos.

En estos días se debate en los medios el tema de la oposición del Colegio Médico Dominicano a la forma en que el gobierno plantea dar inicio a los centros de atención primaria. No cabe duda de que la atención primaria es el eje de una eficaz política de salud en cualquier país. Pero en nuestra República lo es más porque la mayoría de los dominicanos y dominicanas no mueren por enferemedades que sólo se curan con emisores de positrones. La gente se muere por cosas más simples y pedestres, cosas que se pueden prevenir y evitar, cosas como la diarrea, enfermedades transmitidas por mosquitos, enfermedades de estilo de vida, cosas que matan poco a poco.

Por eso nuestro sistema de salud debe migrar de un modelo clínico basado en la terapia, a un modelo epidemiológico basado en la prevención. Esperar a los enfermos en los hospitales es como esperar al enemigo en una trinchera. Un enemigo que llega cuando a él le conviene y cuando no estamos preparados para recibirlo. Ese enemigo, la enfermedad, tenemos que salir a buscarlo a los sitios en los que se esconde y se fortalece para atacarnos. De la misma manera, dispersar la atención médica evitaría las enfermedades que se contraen en los centros de atención atestados de enfermos. Por qué tendríamos que llevar a un infante a un hospital para ponerle una vacuna, arriesgándole así a contraer una enfermedad que ponga en peligro su tierna vida?

En los países que se organizan, la salud pública es esencialmente epidemiológica. De las enfermedades se encarga la seguridad social y no la salud pública. Esto así porque la salud pública es salud y mantenerte sano. La enfermedad es materia de otra cosa, es materia de la seguridad social.

Una de las cosas que más me molesta es que cada vez que voy a un médico, por cualquier motivo, tento que volver a llenar un montón de formularios y responder las mismas preguntas que he respondido desde hace al menos un cuarto de siglo. En estos tiempos de computadoras e internet, es acaso tan difícil tener una base de datos general de todos los usuarios del sistema de salud que esté vinculada al número de cédula y que permita al médico y al hospital acceder al récord de los pacientes? Yo creo que no. Y lo creo porque ahora mi banco sabe mucho más sobre mí que mi médico, y eso es un disparate.

Yo creo que tenemos una oportunidad de voltear la mesa y romper el juego. Debemos aprovechar las escuelas que se están construyendo en todas partes y usarlas como plataformas de un plan de seguimiento desde la cuna a la tumba en temas de salud.

Por qué las escuelas no se diseñan para que tengan un dispensario con uno o dos médicos de servicio? Esos médicos pueden hacer mucho por la salud en etapas pre-críticas. Por ejemplo pueden:

  1. Aplicar las vacunas según calendario y crear los records de todos los estudiantes desde que están pequeños.
  2. Detectar enfermedades crónicas o congénitas y remitir a esos pacientes a tratamiento especializado (en esos monumentos a la enfermedad si es necesario).
  3. Orientar en salud general, higiene y salud reproductiva.
  4. Hacer jornadas de evaluación y diagnóstico a los padres de los estudiantes en el verano (cuando los estudiantes no asisten al centro), ayudando a así a crear el historial clínico de los propios padres.
  5. Efectuar jornadas de desparasitación a estudiantes y padres.
  6. Asesorar al centro y a los estudiantes en materia de alimentación y nutrición.
  7. Detectar casos de abuso o abandono en niños, niñas y adolescentes.
  8. Detectar la incidencia de contaminación o toxicidad ambiental.
  9. Diagnosticar los temas relacionados con intoxicaciones por alimentos.

En pocas palabras, mover la trinchera más cerca del enemigo, reduciendo la carga de gastos de bolsillo para los padres que tienen que desplazarse y perder tiempo y dinero llevando a sus hijos a tratamiento.

Las ventajas de este acercamiento son incontables, pero como no soy experto en el tema, no puedo decir terminantemente si de verdad representaría una mejora o no. Lo que sí es seguro es que hacer dispensarios en las escuelas que ya existen o están en construcción, dispersando así la atención médica, es mejor que empezar ahora a construir centros de atención primaria. Igualmente, este mecanismo puede crear posiciones para una nueva especialidad en medicina de familia, y permitiría a muchos médicos elegir trabajar cerca de sus comunidades de origen si así lo quisieran.

Esos dispensarios escolares pueden tener capacidades mejoradas que incluyan hasta efectuar tratamientos iniciales de lesiones traumáticas, tratamientos dermatológicos y el seguimiento de cualquier tratamiento indicado por el propio dispensario o por centros mayores.

Por supuesto, los colegios privados deben tener también este tipo de facilidades o perderían su acreditación.

Siempre he creido que al país le convendría más tener miles de pequeños centros de atención y no una sola «ciudad de la salud». Esos monumentos a la enfermedad son caros, obligan a gastos de desplazamiento y seguimiento que son onerosos para la mayor parte de la población, son errores estratégicos porque concentran mucha de la capacidad de atención y si sufrieran deterior por actos de la naturaleza destruirían la mayor parte de la capacidad de respuesta del país.

Bueno, creo que esto tiene que mejorar y lo que presento es sólo una idea. Espero que la acojan y la difundan porque peores cosas se han dicho y reciben mucha atención en este país tan excedido de medios y tan falto de contenidos.

El Inminente Colapso de la Democracia Liberal

Esta es mi primera entrada en casi un año. La verdad es que las múltiples ocupaciones y proyectos no me han dejado hacer casi nada.

Hace algo más de un año, en agosto del 2017, escribí sobre el conflicto inminente entre el concepto del Estado Nacional y el de la Democracia Liberal. Entiendo que ese conflicto está cada vez más cercano y culminará con la desaparición total o parcial de la Democracia Liberal como se entiende en Occidente.

En estos días se ha estado planteado en mi país si se debe hacer cumplir el mandato legal de estudiar la Biblia en las escuelas. En ese sentido, quiero citar un fragmento de mi articulo del año pasado:

<<Es importante ver, en un estado, el motivo expuesto por sus fundadores para tal creación. De las primeras palabras públicas que se conservan de Juan Pablo Duarte (padre de la patria Dominicana), durante el inicio de los trabajos conspirativos de su sociedad secreta, extraigo estas palabras:

“…La cruz blanca que llevará nuestra bandera dirá al mundo que el pueblo dominicano, al ingresar en la vida de la libertad, proclama la unión de todas las razas por los vínculos de la civilización y el cristianismo… “

Como podemos ver, los fundadores entendían a mi país como un pueblo esencialmente cristiano y parte de lo que él llamaba “civilización” y que por supuesto se debe entender como civilización europea occidental (pues de ahí venía su formación). Y, visto de otro modo, ya desde los inicios del ejercicio de la llamada democracia liberal se manifiestan debilidades que emergen del concepto de que un estado nacional debe estar vinculado a un derecho que podríamos denominar “ab culturam” o emanado desde la cultura. La permanencia de tal concepto genera una paradoja para la democracia liberal que se puede plasmar como:

¿Deben los poderes del estado suprimir los intentos de la mayoría cultural por imponer sus expectativas de comportamiento a las minorías que coexisten dentro de una democracia liberal, toda vez que el estado ha sido fundado desde tales expectativas de las mayorías?

¿Puede prevalecer el concepto de un “estado nacional” basado en expectativas propias de la nación que le da origen, dentro del ámbito jurídico-político de una democracia liberal que está llamada a proteger las expectativas (siempre que sean legales) de otros grupos nacionales dentro de ese mismo estado?>>

Adicionalmente, tanto la declaración de independencia de José Núñez de Cáceres, en 1821, como la de Duarte en 1844, dejan claro que la República Dominicana es un país cristiano. Esto no ha sido repudiado y nuestro estado se considera a sí mismo como sucesor de la república proclamada por Duarte. Esto es que celebra sus fiestas, conmemora sus mártires, usa sus símbolos, etc.

De manera que el estado nacional dominicano se estableció para proteger y avanzar el interés de un pueblo que se auto-definió como cristiano. La democracia liberal, que emergió después, eliminó el concepto de religión oficial e introdujo la libertad de culto y la igualdad ante la ley de las diferentes religiones. Igual pasó en otros países. En los Estados Unidos, la libertad de culto y de expresión son enmiendas constitucionales, o sea, no se contemplaron en la constitución original, aunque sólo fuera por un par de años de diferencia.

De manera que el liberalismo exige igualdad de los cultos ante la ley, pero la nación emergió y fue definida como una nación cristiana.

Ese es el problema que está surgiendo, en todas partes, por diferentes motivos.

En Europa y los Estados Unidos los temas de prevalencia étnico-culturales se han casi apoderado de la política, ya sea de manera abierta o solapada, con el agravante en el caso de Europa de una población que no crece porque las parejas no tienen hijos.

En el horizonte, un nuevo fascismo asoma su cabeza de hidra. Es el reclamo de las naciones con mayorías que asumen su representación y sus privilegios de origen en contra de un «establishment» al que culpan, entre otras cosas, de haber traicionado a esa identidad mayoritaria y nacional para favorecer a minorias que se refugian en la libertad prometida por el liberalismo del siglo XIX, el cual no concebía la movilidad de la que ahora disfrutamos.

Ese fascismo moviliza y enardece, pero no explica. No explica que los problemas de los que sufrimos no son el resultado de la traición a la identidad nacional, o mejor dicho, sí son el resultado de la traición, pero una traición del capitalismo que por muchos años se vio obligado a disfrazarse por miedo a una revolución como la soviética, pero ahora que esa revolución ha desaparecido, ya no le importa lo que padezcan los de siempre.

El lío se resolverá como siempre, a balazos o con enemistades de siglos (o décadas que ahora el tiempo pasa volando). La democracia liberal desaparecerá porque las mayorías étnicas de las sociedades que emergieron como estados nacionales no aceptan que haya la igualdad de culto y cultura que el liberalismo prometió. Su negativa es legítima, porque está de alguna manera basada en los documentos y en la historia, pero es también anacrónica y extemporánea. Y ahora que estamos revisando principios, por qué no revisar el capitalismo?

Mientras tanto, y por aquí, tenemos el problema de que, al menos documentalmente, la República Dominicana es un país que se definió cristiano. Algo que otros países no hicieron en su momento. Y eso nos va a doler porque el pleito está casado y tiene los documentos a su favor. Duélale a quien le duela.

La victoria póstuma de Napoleón – Contextualizando el Brexit

La historia del Occidente moderno se enmarca dentro de un inmenso conflicto de varios siglos y muchos episodios entre Francia y Gran Bretaña (siendo algunos de sus episodios: la guerra de los cien años, la guerra de los siete años, las guerras napoleónicas, la guerra de independencia de los Estados Unidos y las llamadas guerras Franco-Indias).

Estas dos potencias se enfrascaron en una lucha por obtener la hegemonía en la Europa colonialista y, como todas las acciones humanas, esto tuvo muchas consecuencias. Algunas de esas consecuencias fueron intencionales y otras, las más numerosas según la complejidad, fueron no previstas ni intencionales. Un ejemplo de esas consecuencias fue la decisión de los Estados Unidos de América de no permitir, en la medida de lo posible, que Europa con todos sus recursos y tecnología cayera en manos de una potencia hegemónica de nuevo y, sobre todo, que esa potencia hegemónica se estableciera en América. Esta doctrina se refleja en la famosa cita del presidente Monroe de «América para los americanos».

Otro ejemplo de las consecuencias de esta lucha fue la convicción de parte del emperador de Francia, Napoleón, de que su enemigo estratégico era, y siempre sería, Gran Bretaña. En línea con este pensamiento, Napoleón trató de aislar a la Gran Bretaña del resto de Europa estableciendo lo que él llamó el «sistema continental», algo así como un precursor del mercado común europeo. Este «sistema continental» se enfocaba en crear un espacio de libre comercio en el continente que excluyera, de manera taxativa, a la Gran Bretaña. A tales efectos, a inicios de 1812, Napoleón se reunió con el Zar Alejandro I de Rusia en una isla prusiana del mar Báltico, para tratar de convencerlo de unirse al propuesto sistema y para establecer una estrategia conjunta mediante la cual Rusia avanzaría hacia el sur en el Asia central para tratar de llegar más allá del río Indo y así negarle a Gran Bretaña la fuente de su riquza y poder: los inmensos recursos del subcontinente Indio.

Alejandro jugó, como decimos en mi país, «a las dos cabezas» y mantuvo relaciones relativamente buenas con los británicos, motivo por el cual Napoleón terminó invadiendo Rusia. De manera que casi todas, si no es que todas, las acciones de Napoleón pueden enmarcarse dentro de su quasi obsesión con aislar y contener a la orgullosa albión. Yada, yada, yada… llegamos a que Napoleón es derrotado pero Rusia se queda con la estrategia propuesta y avanza hacia el sur incorporando, durante las seis últimas décadas del siglo XIX, los territorios que hoy son Kazajastán, Kirguiztán, Tajikistán, Turkmenistán, Uzbekistán y todo el cáucaso. Eventualmente, esta marcha hacia el sur generó la primera gran «guerra fría» entre Rusia y la Gran Bretaña que respondió invadiendo Afaganistán en 1838 para detener el avance Ruso, con catastróficas consecuencias para los británicos. Igual hicieron los Rusos en su turno con consecuencias igualmente catastróficas (motivo por el que hoy se conoce a ese país como el cementerio de los imperios).

Algo similar pasó con los principados alemanes que todavía mantenían una relación de cercanía y familiaridad con los británicos pues la familia reinante en Inglaterra eran los Hanover de origen prusiano. Además, la Gran Bretaña había sido el único aliado de Prusia en su guerra de siete años contra, entre otros, Francia. Como no quisieron unirse al sistema continental, Napoleón los aplastó junto con los austríacos.

Eventualmente, la incorporación por parte de Rusia de la penísula de Crimea dió lugar a la Guerra que lleva ese nombre y en la que Francia luchó al lado de los británicos para tratar de contener el avance de ese «monstruo de Frankestein» que habían despertado. Esta es sólo una de las paradojas de esta historia en espiral.

Toda esta corriente de eventos nos ha llevado a la otra inmensa paradoja de que, finalmente, los británicos quedarán segregados de Europa, no por la influencia de una potencia continental hegemónica, sino por su propia voluntad. Por supuesto, esto representa una victoria póstuma para la visión de Napoleón de un «sistema continental» que excluyera a la Gran Bretaña del acceso a la economía del corazón de la civilización occidental.

Igual que hace doscientos años queda por saber: qué papel jugará la inmensa Rusia en todo esto? Se acercará a la Europa Occidental? Será cortejada activamente por los británicos para compensar el golpe a su economía? Francamente no creo que Europa esté lista para desafiar a los Estados Unidos acercándose a Rusia y creando el peligro de una inmensa potencia hegemónica en Europa (lo que apuntaría al corazón de la doctrina europea de USA). Tampoco creo que los británicos se acerquen a los Rusos porque eso los distanciaría de sus sempiternos aliados los norteamericanos. Pero… ahí sigue estando Asia. Creo que la carrera es ahora hacia el extremo oriente. Ya Europa continental pegó primero con un acuerdo de libre comercio entre la UE y Japón. Cuál será el próximo bofetón de este pleito?

En realidad… no importa, lo único que nos queda es decir, parafraseando a un político dominicano, ese Napoleón si que sabía… juá, juá, juá.

El yo del 2003 – una hilarante cápsula del tiempo…

Estuve haciendo limpieza de fin de año en uno de mis viejos discos duros y encontré ( !Oh sorpresa! ) una hoja que escribí en Julio del 2003 para resumir a un funcionario dle gobierno cuáles serían las «ventajas» de una sociedad más interconectada (por el internet se entiende).

Ha sido como cuando vemos las fotos viejas en las que estamos flacos y con ropa ridiculísima. Pero, bueno… no tanto. Aquí les va:

IMPACTO DEL MEJORAMIENTO DEL ACCESO A LA TECNOLOGIA DE LA INFORMACIÓN EN LOS INDIVIDUOS

A través de los años se ha hecho evidente que sólo la mejora de los recursos humanos y su capacitación en procesos de mayor valor agregado generan una mejora tangible en los niveles de prosperidad y en el acceso a la riqueza.

Esto ocurre tanto en la producción de bienes como de servicios. Como ya hemos visto, un aspecto vital de tal proceso de capacitación está relacionado con el acceso a la información y el manejo de las tecnologías relacionadas con la información. Este tema ha sido declarado de prioridad estratégica en la Unión Europea, la cual ha propuesto a los siguientes como objetivos de su gestión Comunitaria:

<<Inicio de la Cita>>

  • Las empresas y los ciudadanos deben tener acceso a una infraestructura de telecomunicaciones barata y de calidad mundial y a una amplia gama de servicios.
  • Cada ciudadano debe contar con las calificaciones necesarias para vivir y trabajar en esta nueva sociedad de la información.
  • Se debe considerar prioritaria la formación permanente como elemento básico del modelo social europeo.

<<Fin de la Cita>>

Esto debería alcanzar el ambicioso objetivo de convertir la Unión en la sociedad basada en el conocimiento más competitiva del mundo para 2010. Si a esto aspiran las naciones de la UE, sería sensato pensar que debe considerarse como parte de un programa nacional de mejoramiento de la competitividad.

El esfuerzo por parte de las autoridades Dominicanas para garantizar el acceso a las tecnologías informáticas produciría, desde nuestro punto de vista, los siguientes beneficios:

  1. la mejora de las posibilidades de colocación en un mercado laboral global (de hecho ya miles de dominicanos trabajan para empresas que proveen servicios remotos desde la RD para otras empresas que están enlazadas digitalmente).
  2. Mejora del acceso a los servicios del gobierno.
  3. Facilidad de acceso a la educación virtual a costos reducidos con respecto a los esquemas tradicionales de presencia física en el aula, que limitan tal acceso.
  4. Posibilidad de obtención de información sanitaria, epidemiológica, meteorológica o de defensa civil.
  5. Refuerzo de la estructura democrática, permitiendo una participación más informada en los foros de opinión y acceso a la información sobre gestión gubernamental.
  6. Mejora de los intercambios comerciales con la posibilidad de adquirir bienes de manera remota, sin necesidad de desplazamiento, y el trámite de órdenes y documentación referente a procesos logísticos, con lo que mejoraría la eficiencia de las transacciones entre empresas.
  7. Integración al esquema productivo nacional de ciudadanos con discapacidades o confinados a sus hogares por roles de género.

¿PARA QUÉ EXISTE LA REPÚBLICA DOMINICANA? (aplicar a cualquier pais del mundo)

Aquí les va un articulo que tenía preparado hace algún tiempo y que espero que disfruten.

Un Abrazo. CELL

Visto que la premisa esencial en el origen de un estado nacional, al formular políticas  públicas, es dirigirlas a la creación de ciudadanía, así como al fortalecimiento de las prácticas ciudadanas y los servicios de gobernanza vinculados a estas prácticas; se hace evidente que primero tiene que estar adecuadamente definido el concepto de ciudadanía. Por supuesto, tal concepto depende de cuáles sean las razones que nos motivaron a emerger como un estado nacional independiente. Dicho de otro modo: ¿Para qué existe la República Dominicana? ¿Qué perseguían nuestros fundadores cuando proclamaron nuestro estado nacional?

Lo mismo ha pasado y sucede con la emergencia de cualquier otro estado nacional: las razones y motivos para su surgimiento preceden al documento de Constitución que les confieren marco fundacional.  El documento más importante de la historia de un estado nacional no es entonces,  siguiendo este razonamiento, su constitución. El enunciado o proclama más importante es la declaración de su independencia. Si hiciéramos una analogía con los modernos sistemas de administración organizacional, la declaración de independencia sería un documento nivel uno, tal como las políticas establecen: para qué existimos, por qué debemos existir y qué queremos hacer; la constitución sería así un documento nivel dos, que establece quién hace qué cosas bajo cuáles premisas; y el resto del marco legal, leyes, disposiciones, reglamentos, códigos, decretos, ordenanzas, serían documentos de nivel tres, que dicen cómo se hacen las cosas.

En la historia de la primera república americana, los Estados Unidos de América, tal objetivo esencial se puede resumir en el “derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. De esta promesa emerge todo lo que viene después y que configura el funcionamiento de ese estado. La República Dominicana es un caso interesante, porque en su devenir político y jurídico no se ha prestado gran importancia a sus declaraciones “ab origine”,  para cada uno de los diversos períodos republicanos. Los dominicanos hemos optado por reformar nuestra constitución en casi cuarenta ocasiones para integrar a ella los conceptos y tendencias más recientes acerca de las innumerables teorías sobre el progreso o “desarrollo” del pueblo y nación dominicanos. Todo esto sin plantear vinculación alguna entre las versiones más recientes de sus constituciones y sus declaraciones de propósito originales.

Sería más que interesante, importante, sin embargo, que estudiáramos nuestras declaraciones base, tal cual fueron formuladas, y tratáramos de entender de qué se trata nuestro ejercicio ciudadano y de dónde parte la legitimidad de nuestros procesos de formulación de políticas públicas.

Nuestro país tiene, no uno, sino tres documentos trascendentales que explican por qué queremos ser un estado nacional independiente. Estos tres documentos, en orden cronológico, son: la llamada “Declaración de Independencia del Pueblo Dominicano” proclamada por el doctor José Núñez de Cáceres, el 1ero de diciembre del 1821; luego el llamado “Manifiesto de los Habitantes de la Parte del Este de la Isla” antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la república haitiana; que data de febrero del 1844, y el “Acta de la Restauración de la Independencia”, redactada en 1863.

Somos de opinión que nuestra elaboración de políticas públicas tiene que partir de estas declaraciones de para qué existimos, orientándonos a tratar de alcanzar los objetivos que se esbozan en estas declaraciones. Por supuesto, los tiempos cambian y estos documentos tienen que ser vistos a la luz de las libertades prevalentes en cada período, pero siempre para beneficiar en su interpretación al pueblo por y para el cual se originan tales declaraciones.

Veamos resumidamente estas trascendentales declaraciones de independencia y dominicanidad:

1821 – Declaración de Independencia del Pueblo Dominicano.

Esta declaración, que los dominicanos conocemos como  de la Independencia Efímera, porque sería anulada con la eventual ocupación haitiana comandada por el presidente de ese país, Jean Pierre Boyer, tiene que ser entendida como surgida de una administración española completamente indiferente a la situación de su colonia de Santo Domingo. Es importante recordar que desde 1809 imperaba una especie de “administración suspendida”, conocida por los dominicanos como período de la “España Boba”, puesto que España se centraba en manejar su guerra contra la ocupación francesa, como parte de las guerras napoleónicas, y las insurrecciones independentistas de sus otras, y más económicamente importantes, colonias en Norte, Centro y Sudamérica.

Mientras tanto, en Puerto Príncipe, el presidente Boyer probablemente temía que una nueva y débil república independiente fuera ocupada por alguna potencia europea, principalmente Francia, que podría reinstaurar la esclavitud y usar el territorio oriental para lanzar ataques contra Haití.

Los elementos más importantes de esta declaración se pueden resumir en lo siguiente:

  1. Las querellas de los habitantes de la parte oriental de la isla para con la metrópoli. Resalta en esta lista de agravios el lamentable estado de las finanzas de la colonia y la indiferencia de España para con la que Núñez de Cáceres considera como la más leal de las colonias.
  2. La preferencia de los oficiales españoles para con sus connacionales peninsulares en detrimento de los servidores de origen criollo y la mengua en las arcas causada por la importación de oficiales desde España.
  3. Los procesos de independencia de los nacientes estados americanos como prueba de la llegada de la era de nuevos y vigorosos estados para sustituir a la decadente España.
  4. La reivindicación del derecho de los locales a ser gobernados localmente y menciona los beneficios de tal gobierno.
  5. Establecer una eficiente administración de justicia que, gastando menos, haga más y encargarse de la educación de la juventud como única vía para alcanzar una “pública felicidad”.
  6. Dedicarse al fomento de las artes, la agricultura y el comercio como “únicas y verdaderas fuentes de riqueza de los pueblos”.
  7. Promete arreglar las cuentas del nuevo gobierno de manera que no se gaste más de lo que se ingrese como renta y lo que permita la riqueza territorial.
  8. Mantener puertos abiertos para el comercio con las naciones que puedan abastecer las necesidades del territorio de este nuevo estado nacional.
  9. Deja en claro que el gobierno del nuevo estado queda separado por completo de España y no mantiene ninguna obligación de las que le ataban a la metrópoli.

Como vemos, en el caso de esta proclama de Núñez de Cáceres encontramos una temprana preocupación por el equilibrio presupuestal, la judicatura como un servicio confiable y por la provisión de educación para la juventud, aunque no hace mención de otros posibles servicios de gobernanza como la salud y la seguridad pública.

Abordemos ahora las dos siguientes y trascendentales declaraciones de independencia dominicana:

1844 – Manifiesto Trinitario

Esta proclama es la que contiene mayor vocación de vigencia debido a que el estado dominicano actual se reconoce como la continuidad jurídico-política del que fuera proclamado por los trinitarios en ese febrero del 1844. Como otros documentos de este tipo, el Manifiesto Trinitario de 1844 se inicia mencionando una larga lista de agravios, reales o percibidos por la población. Luego plantea argumentos jurídicos sobre la ilegitimidad de las aspiraciones de haitianos de gobernar este lado de la isla, y culmina con una desiderata sobre el estado que aspiramos tener. Repasando los propósitos de los independentistas podemos señalar algunos como importantes porque representan el pensamiento liberal de la época con una gran fidelidad. Dichos propósitos son:

  1. Establecer el territorio de la nueva república dentro de los viejos límites de las colonias Francesa y Española según los tratados firmados en Europa y acepta la validez de los mismos como continuidad de estas gestiones.
  2. Se rechaza la imposición de una constitución haitiana sin que la misma hubiera sido refrendada por los representantes de esta población.
  3. Se garantizará la democracia y la libertad, quedando abolida la esclavitud.
  4. Se establecerá la igualdad de derechos civiles y políticos “sin miramientos para con las distinciones de origen y nacimiento” (sic).
  5. Se considerará la propiedad como inviolable y sagrada.
  6. El catolicismo será religión oficial del estado, pero en un entorno de libertad religiosa.
  7. Se protegerá la libertad de prensa.
  8. Se establecerá la responsabilidad de los funcionarios oficiales ante la ley.
  9. Se elimina la pena de confiscación de bienes por crímenes y delitos.
  10. Se establece el estímulo y protección de la instrucción pública a expensas del estado.
  11. Se reducirán al mínimo posible los derechos o impuestos a pagar por parte de la población.
  12. Se hará amnistía de las posiciones políticas de todos los individuos hasta la fecha de la proclama, siempre que se adhieran al nuevo régimen.
  13. Se conservan grados y empleos militares en la transición al nuevo estado.
  14. La agricultura, el comercio, las ciencias y las artes serán amparados y fomentados.
  15. Todas las medidas del nuevo estado aplican también a extranjeros residentes que vivan en armonía con las leyes.
  16. Se emitirá moneda con “garantía real y verdadera”.

Acta de Restauración de la Independencia (1863)

El acta de restauración de la independencia fue emitida a manera de carta dirigida a la entonces Reina Isabel II de España. En ella se conserva la forma ya vista de enumerar agravios. En este caso, sin embargo, la más importante y válida argumentación es que la anexión a España había sido llevada a cabo a espaldas de la voluntad del pueblo dominicano y a solo criterio del general Pedro Santana. De igual forma, y diferente a lo planteado por el manifiesto trinitario, el  acta es sumamente breve y solo plantea que la anexión es nula de pleno derecho, la República Dominicana sigue existiendo como entidad jurídico política y que se seguirá luchando hasta echar abajo el dominio español sobre nuestra parte de la isla.

Este documento no menciona de manera explícita la continuidad jurídica y política de la entidad emergida de la gesta del 1844, pero, al no denunciarla se puede inferir que la república que se pretende “restaurar”, es la misma que se fundara bajo las premisas del Manifiesto Trinitario. Lo más importante que contiene es la declaración de que los gobernantes no pueden actuar a espaldas del pueblo dominicano y los actos en los que incurran de esa guisa, devienen ilegítimos.

Cada uno de los documentos vistos plantea o reafirma una serie de conceptos que se han mantenido, en mayor o menor grado, a lo largo de todas las constituciones sucesivas que hemos disfrutado (o padecido según se vea). Pero si fuéramos a reducirlo a un grupo esencial de premisas, las mismas serían las siguientes:

1) El pueblo dominicano habita y deberá seguir habitando la parte correspondiente a la antigua colonia española de Santo Domingo según las fronteras establecidas en el tratado de París, como reversión del tratado de Basilea. De manera que, si queremos mantenernos alineados con los criterios fundacionales de la República dichos límites no deben ser tocados. Este aspecto también conlleva la creación de conciencia para la integridad territorial y la preservación de los espacios habitables. (Proclamas de 1821, 1844 y 1863)

2) El estado nacional dominicano es democrático desde sus orígenes y debe buscar siempre las condiciones que propicien mayor equidad e igualdad de derechos entre sus ciudadanos y residentes legales. De aquí se extiende que debe haber elecciones libres y los ciudadanos tienen que recibir la información necesaria para que ejerzan su derecho al voto en condiciones de equidad, e igualmente la ley debe ser aplicada a todos por igual sin inquina, pero sin impunidad. (Proclamas de 1821 y 1844)

3) El estado dominicano debe facilitar la educación de todos los jóvenes que habitan su territorio, a sus propias costas. El alcance de esta educación debería, en consecuencia, ser lo suficiente como para alcanzar habilidades productivas en algún nivel, visto que el objetivo expreso es ayudar a mejorar las condiciones de vida generales. En una interpretación más favorable aún al pueblo dominicano, se debe también asegurar la educación de los adultos que no hayan recibido tal oportunidad promover la tecno-ciencia como forma de fomentar el desarrollo de las mencionadas habilidades productivas. (Proclamas de 1821 y 1844)

4) El gobierno del estado debe fomentar la agricultura, el comercio y las artes (Proclamas del 1821 y 1844), así como las ciencias (Proclama del 1844). Esto nos lleva a la presente contextualización de que las instituciones del estado deben encaminar pasos para mejorar las habilidades de los ciudadanos en los aspectos vinculados a la tecno-ciencia y su aplicación práctica en la agricultura, el comercio y la industria.

5) El estado debe proteger la libertad de prensa y, por vía de extensión, la libertad de expresión en todos sus ámbitos (Proclama del 1844). Para ello se debe propiciar un entorno amistoso hacia la expresión crítica y esto nos devuelve al proceso educativo.

6) La propiedad privada debe ser inviolable para el estado dominicano (Proclama del 1844) y se deben crear mecanismos que garanticen la seguridad jurídica de la misma y las debidas facilidades para su intercambio, adquisición y traspaso.

7) Los impuestos establecidos por el estado deben ser mínimos (Proclama del 1844) y los gastos del estado austeros (Proclama del 1821), con lo cual se deben sentar las bases para un presupuesto equilibrado que no endeude al patrimonio nacional.

8) Los funcionarios del estado deben ser responsables ante la ley, de lo que emana que el estado debe establecer mecanismos de supervisión y auditoría que establezcan tal responsabilidad (Proclama del 1844), así como una estructura jurídica que dé seguimiento a este objetivo.

9) La moneda emitida debe tener respaldo real en la economía y el estado no puede permitir que la confianza en su moneda se deteriore (Proclama del 1844) con lo que el estado también debe prestar atención a su política monetaria y manejarla con prudencia.

10) Las gestiones efectuadas por los mandatarios a espaldas de la voluntad del pueblo serán nulas de pleno derecho y el pueblo dominicano debe tener herramientas para removerlo o destituirlo en caso de que sienta su confianza traicionada. Por extensión, la voluntad del pueblo tiene que ser consultada con frecuencia sobre temas de interés nacional, o local, según sea el contexto.

Santo Domingo, Octubre del 2017

La Demonización de los Colectivos

A muchos de nosotros nos ha tomado por sorpresa el aparente golpe de timón, hacia la derecha, de las democracias liberales de occidente. Sin embargo, sólo tenemos que hacer un recuento de los argumentos que se esgrimen en muchas de esas democracias para justificar los resultados electorales que a muchos sorprenden. Si lo hacemos, encontraremos que existen algunos denominadores comunes que se comparten, sólo en el ámbito del discurso, a lo ancho de todos esos resultados.

Veamos algunos de ellos:

  1. Los politicos tradicionales son todos unos corruptos que gobiernan solo para un grupo de ciudadanos igualmente corruptos.
  2. Todo el sistema politico depende economicamente del trabajo de unos pocos que tienen el derecho a recibir más de lo que reciben.
  3. El sistema está podrido y debe ser «saneado» (en cada país este proceso está investido de los ataques a los malos del momento que le corresponden a cada sociedad).
  4. Sólo un líder fuerte y su partido pueden hacer esta labor de saneamiento.

Por supuesto, este discurso que deslegitima y demoniza a los colectivos de todo tipo sólo puede llevarnos a una consciencia de mesianismo injustificado, a una búsqueda de ese conductor moral y espiritual que nos «resuelva el problema». Pero resulta que la realidad es siempre más compleja que estas disquisiciones de discoteca. Los llamados «hombres rectos» que se supone que nos pueden llevar a un lugar mejor, pueden ser, y normalmente son, tan susceptibles a la corrupción como los del sistema que se quiere destruir. De manera que es siempre un gran riesgo el pretender que todo cambie de golpe. Dicho de otro modo: «siempre se puede estar peor».

No crean, sin embargo, que esto es un llamado a la inacción y a aceptar el presente sin oponer resistencia. Al contrario, es un llamado a que ejerzamos la acción colectiva en bien de todos los que, todavía, vivimos y malvivimos en este planeta. A lo que me refiero es que todas las soluciones son, querramoslo o no, colectivas, y para que estos esfuerzos colectivos tengan efectos duraderos tienen que emerger de «abajo hacia arriba». Para que los compromisos permanezcan en el tiempo, tienen que ser asumidos por quienes los llevan a cabo, y no por «interpósita persona».

Muchos dicen que «para que el país mejore, tiene que mejorar la escuela», el problema es que para que mejore la escuela tenemos que mejorar como estudiantes, como maestros y como ciudadanos, y para que mejoremos en todos estos ámbitos, tenemos que indignarnos!

SOBRE EL DISCURSO DE IRA (IRA ORATIO)

A MANERA DE INTRODUCCION:

De entrada, quisiera enfocar un tema que se refiere a un aspecto de la comunicación social de nuestros tiempos y toca elementos de la subjetividad humana. Este aspecto se manifiesta en la actualidad política de la mayoría de las democracias occidentales como una evidencia de la complejidad de nuestra vida cotidiana que no está siendo comprendida desde el poder político. Se trata del discurso de ira que emana desde los grupos que ejercen el poder en diversos estados nacionales y que se ven a sí mismos como los beneficiarios legítimos y privilegiados de los servicios de convivencia o gobernanza que se produzcan desde ese estado nacional. Pero el discurso de ira tiene raíces que se entrelazan con conceptos más concretos como el estado nacional, la democracia liberal, el concepto de nacionalidad versus la ciudadanía y la manera como la inconformidad con las dinámicas sociales ha dado fuego a una retórica de la división.

A este tema se le puede atribuir una gran influencia en eventos como la decisión mayoritaria del pueblo británico de salir de la comunidad europea y la elección en los Estados Unidos del presidente Donald Trump. En ambos casos se dio una manifestación electoral de un estado de insatisfacción oculto. Oculto en el sentido de que no se manifiesta en el discurso prevalente en los medios de comunicación social, y por ello se constituyeron en una verdadera sorpresa.

  1. DEL ESTADO NACIONAL 

Antes de tratar las bases de esta secuencia, no muy organizada, de reflexiones es importante que revisemos los planteamientos del investigador cubano Pedro Sotolongo en lo que concierne a la forma en que se configura el comportamiento cotidiano de las personas alrededor de expectativas mutuas de comportamiento social.

Tal como el nombre lo indica, las expectativas mutuas de comportamiento no son más que aquellas imágenes mentales que nos hacemos acerca del comportamiento de los demás y que cuando se ritualizan e institucionalizan constituyen la matriz del comportamiento cotidiano y el tejido base de una cultura. Dichas expectativas mutuas se cimentan alrededor de prácticas cotidianas, por lo recurrentes, que se pueden observar como prácticas de poder, deseo, saber y discurso, siguiendo la configuración propuesta por Sotolongo, y que pueden manifestarse en uno sólo de estos ámbitos o en varios. A su vez, estas prácticas emergen de un rizoma que va de lo reflexivo, en su etapa de aprendizaje, a la consciencia tácita pre-reflexiva, para luego reaparecer en el ámbito reflexivo al conjugarse con lo intencional cuando dichas expectativas no son cumplidas o requieren de una institucionalización más formal.

Se puede colegir, pues, que si la cultura de un pueblo se basa en tradiciones y trayectorias compartidas, entonces el escenario en que tales tradiciones, ya culturales, se manifiestan sería en la vida cotidiana de cada miembro de ese pueblo y permanecen en las expectativas que tiene cada individuo acerca del comportamiento del resto de la colectividad.

Si aceptamos que la cultura homogénea que se le atribuye a un pueblo o nación parte de sus tradiciones, un pueblo, una nación, serían pues un conjunto de personas con expectativas mutas de comportamiento ritualizadas y/o institucionalizadas de manera más o menos homogénea. De aquí emergería el criterio de que el estado nacional se sostiene en el derecho de un pueblo a vivir bajo leyes que sean compatibles con sus tradiciones, o sea, sus expectativas mutuas de comportamiento ritualizadas y/o institucionalizadas a través del tiempo.

En la dinámica cotidiana de una cultura determinada, y a falta de un contacto físico permanente entre los miembros de esa cultura, son las prácticas de discurso las que emergen como vector de transmisión de las expectativas de comportamiento propias de esa cultura. Visto lo anterior, las prácticas de discurso son vehículo inicial de las expectativas de comportamiento de los miembros de una cultura, ya sea que la misma se encuentre en mayoría dentro de un ámbito nacional o se encuentre en condición de minoría.

La capacidad humana para modificar el entorno nos permitió migrar a cualquier parte en la que se encontraran las condiciones más propicias. Pero, ya en el momento en que se concibe la idea de un estado nacional, las poblaciones de Europa Occidental habían alcanzado un cierto equilibrio. Dicho equilibrio, con el correr de los años, se manifestó en una serie de características étnicas definidas que fueron incorporadas, junto con las expectativas de comportamiento, al criterio de nación, fomentándose con ello ciertos arquetipos de aspecto y comportamiento.

Toda esta consideración sobre las prácticas de discurso y su vinculación con las expectativas de comportamiento propias de un determinado entorno cultural, nos lleva a mencionar una especial tendencia reciente hacia lo que he llamado el “discurso de ira”. Este concepto se refiere a la forma en que determinados grupos manifiestan su inconformidad con cualquier comportamiento que esté fuera de las expectativas propias de su cultura. Sin embargo, en su encarnación más reciente, este discurso no se limita a manifestar hostilidad hacia las prácticas de algunas minorías, sino que ha sido también usado por grupos racistas más radicales para rechazar la presencia de individuos perfectamente asimilados al comportamiento predominante, pero, que no se parecen externamente a ellos.

El discurso de ira se presenta en casi todos los estados nacionales y es ejercido por las mayorías étnico-culturales que se arrogan la propiedad y representación de dicho estado nacional. Casi siempre, se usa para deslegitimar las prácticas cotidianas de saber y discurso de las minorías y para argüir a favor del des-empoderamiento de esas mismas minorías. Sin embargo, este discurso de ira no es necesariamente, como acabamos de mencionar, un ejercicio de racismo fundamental sino un recurso para ventear la insatisfacción de determinadas expectativas.

De igual forma, ocurre que, en determinadas sociedades, el discurso de ira es usado como arma para deslegitimar y desempoderar a determinada mayoría. Por ejemplo, en Sudamérica hay países en los que, siendo la mayoría de la población étnicamente aborigen, el discurso de ira fue usado, no por esa mayoría, sino por parte de una minoría opresora. Sin embargo, para poder avanzar en este tema tendríamos que convenir en que el discurso de ira (Ira Oratio, como también lo he llamado) es una herramienta del poder, generalmente mayoritario, en contra de minorías oprimidas, con el propósito de conformar estas minorías con las expectativas propias de la cultura del opresor.

En cuanto a las minorías, el efecto del discurso de ira sobre ellas ha sido el de la supresión de muchas manifestaciones  y la conformación del propio comportamiento de dichas minorías a las expectativas manifiestas desde ese mismo discurso de ira originado en las mayorías. Como un ejemplo, baste mencionar que la generación de afro-americanos que se manifestó públicamente durante el período de la lucha por los derechos civiles en los años 60 del pasado siglo, no era diferente de las mayorías que le oprimían en cuanto al comportamiento cotidiano, o sea sus hábitos, la forma de vestir, de hablar, etc. Dicho de otro modo, la manera como esa minoría oprimida reaccionó al discurso de ira de la mayoría opresora, fue adquiriendo el aspecto externo de esa mayoría que le oprimía y asimilando sus expectativas de comportamiento mutuo como un elemento de legítimo de pertenencia a esa cultura.

Recordemos que todo esto emana de un instante en la vida de las naciones en que existía una morfostásis en cuanto a los caracteres étnicos de las mismas. Sin embargo, en un entorno dinámico de nuevas oleadas migratorias, tiene acaso sentido que mantengamos los viejos ideales de una nación étnica y culturalmente homogénea que alimente las mismas expectativas de comportamiento mutuo?

Para nosotros los latinoamericanos el concepto de una nación vinculada a la apariencia externa es insostenible. Somos verdaderamente tan diversos que nuestro concepto de nación solo puede existir en el ámbito de las costumbres y las expectativas de comportamiento mutuas, las cuales se han hecho  cada vez más complejas con el correr del tiempo.

2.  SOBRE LAS DEMOCRACIAS LIBERALES DE CORTE “OCCIDENTAL”

En el occidente de Europa se inició el proceso intelectual de generar las ideas que dieron base a lo que hoy llamamos “democracia liberal”. Sin embargo, este proceso adquiere forma funcional con la declaración de independencia de los Estados Unidos. Esta declaración establece las bases de un sistema en el que el gobierno es electo por la mayoría pero se preservan los derechos y libertades de las minorías en una dinámica que emerge como un equilibrio precario entre el poder ejercido a través del voto por las mayorías y la protección de los derechos, consagrados en la constitución, para las minorías a través de un balance entre los poderes del estado.

Este equilibrio dinámico se encuentra asegurado por las instancias de gobernanza y exige una vigilancia permanente debido a que las mayorías culturales o étnicas, o ambas a la vez, entienden que el estado al que pertenecen es una continuación jurídico-política del estado nacional con lo que, en ocasiones, se arrogan el derecho de satisfacer o legitimar a su conveniencia cultural las prácticas de otros grupos dentro del estado de democracia liberal. Por supuesto, el sistema educativo masificado y estandarizado es un intento de conformar todos los comportamientos cotidianos a las expectativas, ya arque tipificadas, de las mayorías étnico-culturales y el poder político-económico.

Esta forma de organización del estado, en su momento tan novedosa, asumió una serie de premisas, de manera un tanto tácita, las cuales nos han llevado a una situación de cierta confusión. Una de esas premisas fue que el estado nacional, en tanto correspondiente a una nación pre-existente, debía servir a esta nación que lo fundó y, puesto que todos los ciudadanos o miembros de este estado eran a la vez miembros de la nación a la que servía, la nacionalidad y la ciudadanía debían ser una sola cosa con los mismos privilegios y vías de acceso. Por supuesto, se hizo salvaguarda de que varias posiciones electivas, como las de presidente y vice-presidente de la república, solo eran accesibles si se había nacido dentro del territorio nacional. Con esto se garantiza, de la mejor manera posible, la pertenencia a las características culturales de la nación a la que sirve ese estado.

Estas premisas asumidas por los fundadores de los Estados Unidos, y en consecuencia por las repúblicas que se inspiraron en este proceso en todo el resto de América, de equiparar la nacionalidad a la ciudadanía, han generado, con el correr del tiempo, una gran ansiedad en las etnias mayoritarias que ven ahora en sus con-nacionales a personas con una gran diversidad étnica y cultural que no necesariamente existía en los inicios de esta república. Aquellos, que entendían que el estado fundado para servir a una nación mayoritariamente blanca no podía tratar de igual manera a los que no se le parecen, ahora manifiestan su repulsa ante este nuevo aspecto de “su país” y ven su discurso suprimido por los medios que se adhieren a las bases de la democracia liberal.

En cuencas de nacionalidad más antiguas ya hace tiempo que ambos conceptos fueron segregados. De esta manera acomodaron la existencia de naciones pluri-estatales (que se encuentran dispersas en varios estados como los Kurdos), o estados pluri-nacionales como la ex Unión Soviética. Igual ocurre en países como los reinos del golfo en que hay unas minorías de nacionales “auténticos” servidas por una inmensa mayoría de residentes que, en algunos casos, pudieran llegar a tener algunos derechos de ciudadanía. Pero esto puede ocurrir en el ámbito de un estado totalitario, jamás en una democracia porque desde el momento en que haya una mayoría numérica de ciudadanos, esta podría ser usada para despojar a la nacionalidad “autentica” de todos los privilegios que le otorguen las leyes.

Dicho de otro modo, los blancos que componen la todavía mayoría de la población de los Estados Unidos de América (69%) pueden entender que el estado nacional que los ampara es una entelequia jurídico-política creada para dar carácter legal a sus expectativas de comportamiento ya institucionalizadas. De igual manera, los dominicanos que vivimos en esta república sentimos que el estado nacional llamado República Dominicana existe para que los dominicanos puedan vivir con arreglo a sus costumbres, por lo que toda otra práctica que le sea ajena debe ser suprimida. Esta es una expectativa legítima desde el punto de vista de la educación tradicional y el concepto tan repasado de que el estado nacional fue fundado para gobernar a una nación con determinada cultura y no a otra.

Es fácil juzgar, pero la realidad es que no le falta razón al clamor de las mayorías siempre que se asuma que el estado que ha optado por el régimen de democracia liberal es también un estado nacional establecido para proteger el derecho de un determinado pueblo a vivir con arreglo a leyes inspiradas en su cultura, o, dicho de otro modo, sus propias expectativas de comportamiento institucionalizadas.

Es importante ver, en un estado, el motivo expuesto por sus fundadores para tal creación. De las primeras palabras públicas que se conservan de Juan Pablo Duarte (padre de la patria Dominicana), durante el inicio de los trabajos conspirativos de su sociedad secreta, extraigo estas palabras:

“…La cruz blanca que llevará nuestra bandera dirá al mundo que el pueblo dominicano, al ingresar en la vida de la libertad, proclama la unión de todas las razas por los vínculos de la civilización y el cristianismo… “

Como podemos ver, los fundadores entendían a mi país como un pueblo esencialmente cristiano y parte de lo que él llamaba “civilización” y que por supuesto se debe entender como civilización europea occidental (pues de ahí venía su formación). Y, visto de otro modo, ya desde los inicios del ejercicio de la llamada democracia liberal se manifiestan debilidades que emergen del concepto de que un estado nacional debe estar vinculado a un derecho que podríamos denominar “ab culturam” o emanado desde la cultura. La permanencia de tal concepto genera una paradoja para la democracia liberal que se puede plasmar como:

¿Deben los poderes del estado suprimir los intentos de la mayoría cultural por imponer sus expectativas de comportamiento a las minorías que coexisten dentro de una democracia liberal, toda vez que el estado ha sido fundado desde tales expectativas de las mayorías?

¿Puede prevalecer el concepto de un “estado nacional” basado en expectativas propias de la nación que le da origen, dentro del ámbito jurídico-político de una democracia liberal que está llamada a proteger las expectativas (siempre que sean legales) de otros grupos nacionales dentro de ese mismo estado?

A primera vista, repito con el temor de sonar manido, pareciera que es legítimo el discurso de ira emanado de las mayorías para tratar de “forzar” el cumplimiento de sus expectativas culturales por parte de las minorías. Por otro lado, sería contraproducente para el poder constituido el tratar de suprimir este discurso bajo el alegato de que fomenta la división y el odio, toda vez que el estado nacional nace precisamente para preservar las características, modo de vida y expectativas de ese grupo que es coyunturalmente mayoritario.

En ningún otro país es más evidente este conflicto entre los conceptos de estado nacional y democracia liberal que en Israel. En ese país, y puesto que la población de origen árabe palestino crece mucho más rápido que la judía, llegará el momento en que tendrán que decidir si quieren ser un estado nacional judío o una democracia liberal. Esto así porque los palestinos estarán dentro de muy poco en la condición de elegir a los representantes del poder del estado y cambiar la base legal de las expectativas de comportamiento mutuo. Viendo el devenir de esta dinámica pareciera que Israel está condenado a convertirse en un estado totalitario, con régimen tipo “apart-heid”, en muy corto tiempo.

En las democracias liberales occidentales, se ha tratado de suprimir el discurso de ira sin comprender la frustración de las mayorías con respecto a estas expectativas diferentes de los grupos minoritarios, frustración que también se ve exacerbada por la situación de crisis del capitalismo de mercado actual. Estos intentos de supresión y/o deslegitimación del discurso de ira han generado un distanciamiento con respecto a las elites políticas, que ha provocado los eventos como el llamado “Brexit” y la elección de Mr. Trump, así como el surgimiento de grupos abiertamente xenófobos en muchos países de occidente y del este de Europa.

3.  EL EMERGER DEL DISCURSO DE IRA EN OCCIDENTE

Como vimos, las mayorías culturales dentro de las democracias liberales de occidente han ido entendiendo como un derecho inherente al estado nacional la expresión de sus expectativas de comportamiento (ritualizadas o institucionalizadas). Sin embargo, las democracias liberales, en su afán por evitar el emerger de situaciones de inestabilidad o violencia, han intentado suprimir lo que han llamado “discurso de odio” o “expresiones xenofóbicas y racistas” cada vez que un elemento cualquiera de las mayorías étnico-culturales de un país recurre a un discurso deslegitimador de las prácticas de una minoría co-habitante.

Es importante que empecemos a discriminar entre la manifestación de una indignación cuasi-legitima sobre las expectativas de comportamiento mutuo insatisfechas por las prácticas de una minoría y aquello que se puede llamar discurso de odio, incitación a la violencia o racismo puro y simple. En esencia, el discurso de ira es tan viejo como el establecimiento de las primeras comunidades en las que empezó a primar una determinada expectativa de comportamiento. El discurso de ira proviene de la promesa de la creación de un estado nacional para vivir con arreglo a las propias costumbres y el discurso de odio proviene del miedo o de la creencia en una superioridad intrínseca.

Igualmente importante es que podamos entender fenómenos como el de la victoria de Donald Trump o el fenómeno “Brexit”. En ambos casos la percepción de una supuesta amenaza al estilo de vida de los países en que ocurrió pareció primar sobre lo que indican los más fríos números. Por supuesto, siempre que se mencionan estos temas relacionados con la subjetividad humana es esencial que sepamos que las percepciones vinculadas a esos movimientos políticos son contextuales. Por lo regular se dan en situaciones en que la dinámica económica se halla atrapada en atractores indeseables para la población perteneciente a esa mayoría que ejerce el discurso de ira.

Por varias décadas, las democracias liberales occidentales lograron suprimir el discurso de ira de las mayorías nacionales mediante una especie de consenso no escrito entre el discurso político y los medios de comunicación tradicionales. Sin embargo, el emerger de las redes sociales tecnológico-electrónicas ha creado un espacio sin censuras en el que pululan las teorías de conspiración, mundiales o locales, y se hace muchísimo énfasis de una serie de amenazas, reales o inventadas, con lo que se crea un ambiente de inevitable desastre. Dentro de este ámbito se ha fortalecido una especie de contra-cultura que es completamente etno-céntrica y regionalista.

Por supuesto, el ejemplo perfecto es el presidente de los Estados Unidos Donald J. Trump quien, como médium de feria, ha “canalizado” las inquietudes, legítimas o no, de las mayorías étnico-culturales de su país. En este proceso se ha convertido en un presidente retórico, cuyos logros se miden sólo desde este ámbito y con ello satisface la necesidad, casi morbosa, de esas otrora mayorías de escuchar su discurso legitimado. Su gran juego es precisamente que esas mayorías atemorizadas y mordidas por la crisis del capitalismo, se dejen llevar por sus logros retóricos de hablar, “al fin” entienden esas masas empoderadas y desposeídas, de las murallas en la frontera y la prohibición de entrada de musulmanes, sin ponderar que nada ha cambiado en realidad y que la crisis, como el dinosaurio de Augusto Monterroso, sigue estando ahí.

No hay salida simple ni evidente de esta situación de incompatibilidad última entre el concepto de estado nacional creado para preservar una cultura y la democracia liberal instaurada para proteger los derechos de cada individuo. Sin embargo, sería saludable ver diferentes mecanismos de mitigación de la tensión estado nacional – democracia liberal y sus desenlaces posibles. Una discusión a fondo de los mecanismos de mitigación, en diferentes contextos y escenarios, escapa al alcance de este breve documento pero de momento se nos ocurren estos mecanismos:

    • No hacer nada.
    • Abandonar el concepto de estado nacional a favor de un concepto de espacio de derechos vinculado a un territorio (poco plausible en el contexto actual), lo cual conllevaría la segregación definitiva de los conceptos de “nacionalidad” y “ciudadanía”.
    • Mantener el estado nacional pero aplicando su fragmentación de manera que se repitan los ejercicios de segregación del profesor Schelling y de forma que al final existan gobiernos locales de mayorías confinadas a determinados espacios.
    • Mantener el sistema de convivencia entre el estado nacional y la democracia liberal pero permitiendo y legitimando los reclamos de las mayorías así sea que se manifiesten en discurso de ira, aún a riesgo de generar alienación permanente de las minorías objeto de dicho discurso.
    • Lograr el cumplimiento de las expectativas de comportamiento de las mayorías a través de la educación.
  • Una combinación cualquiera de los procesos anteriores, como por ejemplo: abandonar el concepto de estado nacional y sustituirlo por un concepto de espacio de derechos y, al mismo tiempo, reformular la educación para generar expectativas de comportamiento colectivas que no obedezcan a la caracterización de ninguna de las culturas presentes.

4.  LA EDUCACION COMO CLAVE DE LOS PROCESOS DE MITIGACION

Vistos los escenarios del punto anterior, encontramos que el menos traumático sería el uso de la educación como mecanismo para conciliar las expectativas de comportamiento de los grupos minoritarios o minorizados con aquellas de los grupos mayoritarios o en control del poder político-económico.

Esta salida no es nada nuevo. Por el contrario es lo que se ha venido haciendo desde hace tiempo sin que se defina como una estrategia centrada en una conciliación. Sin embargo, a lo que nos referimos cuando hablamos de recurrir a la educación como árbitro de las expectativas de culturas co-habitantes no es al manido tema de usar el proceso educativo como si fuera compuesto de rieles sobre los que debe rodar el comportamiento de todos los habitantes de un país, sino más bien de una dinámica de indagación que se centre en los intereses comunes de todos los seres humanos y al menos trate de desechar el evidente etnocentrismo de casi todas las dinámicas educativas actuales. Por supuesto, esto de eliminar el etnocentrismo se dice fácil pero no es tan sencillo. De entrada se tiene que elegir la lengua en la que se ejecutará el proceso educativo, lo cual acarrea una valoración histórica y se emite una opinión sobre la relevancia y aptitud de una herramienta determinada de comunicación.

Por otra parte, tenemos que entender que todos los mecanismos pensados para mitigar la tensión entre el concepto de estado nacional y la idea de la democracia liberal serían propuestos para afectar sistemas altamente complejos como las sociedades humanas. Estos colectivos, como sistemas complejos, tienen infinitos contextos para cada escenario. Igualmente, es bueno enfatizar que el discurso de ira no es una enfermedad sino solamente el síntoma de una enfermedad más profunda que sub-yace. Esa enfermedad es la profunda situación de inequidad  que castiga al capitalismo occidental y que ha hecho emerger las incoherencias entre el supuesto respeto a las minorías y la promesa de un estado protector de la cultura propia.

El rol de la educación, en medio de esta dinámica de desmonte de antiguos presupuestos, puede ser central por las siguientes razones:

  1. Un largo proceso educativo puede desmontar o afianzar la expectativa de disponer del estado como ente protector de la propia cultura, eliminando así el conflicto estado nacional – democracia liberal.
  2. A través de la educación se pueden integrar y fusionar las expectativas propias de otras culturas en la consciencia colectiva de una nación, siempre que dichas expectativas de comportamiento sirvan mejor a su fin manifiesto.
  3. La educación puede anular o maximizar el efecto del discurso de ira como modulador de las expectativas de las minorías.
  4. Desde las aulas se puede atacar la raíz de la inequidad fomentando una cultura de empoderamiento de las masas más desfavorecidas.

El más evidente problema que emana de las democracias liberales occidentales y que se inserta en los procesos educativos desde el principios, en cuanto a reconocer el discurso de ira como tal, proviene del legado lineal, analítico y reduccionista que impide ver a las minorías como otra cosa que no sean componentes monodimensionales. Esto es, el negro es solo eso, negro, el árabe es sólo árabe, el chino sólo chino, en cada caso con su carga de estereotipos y expectativas intrínsecas. Esto ignora las muchas historias de cada ser humano. Se puede ser negro, árabe, chino, pero también alto, bajo, gordo, flaco, callado, escandaloso, decidido, elegante, rufián, trabajador, y una serie interminable de etcéteras. Cuando un miembro de una minoría rompe con las expectativas mutuas de comportamiento de una determinada cultura, la crítica que le pueda sobrevenir no es necesariamente un manifiesto racista, sino que puede apuntar a una de esas muchas, casi interminables, características que puede tener, o no tener, una persona cualquiera. El discurso de ira que menciona determinada prevalencia en una minoría es un mecanismo que ha existido desde los albores de la civilización para forzar a los grupos recién integrados al cumplimiento de las expectativas de una cultura. No es un vestigio del racismo xenófobo.

Cuando alguien en Europa o Norteamérica me señala la tendencia de sus vecinos dominicanos a ser ruidosos, vociferantes, e incluso molestos, no necesariamente apunta a un asqueroso manifiesto racista. Apunta a un hecho que rompe sus expectativas de un comportamiento callado. En vez de defenderme diciendo que no todos los dominicanos son escandalosos, porque no todos realmente lo somos, debo entender que muchos sí lo son y que también pueden ser muchas otras cosas, malas y buenas, o sea armoniosas con las expectativas de su nuevo entorno social como migrantes o disruptivas con ese mismo entorno.

En ese aspecto, el papel de la educación puede y debe ser crucial, en el sentido de que un quinto eje de los efectos benéficos de la educación puede ser el de finalizar ese concepto monodimensional de las minorías. Esa idea, verdaderamente atávica, de que las personas sólo pueden ser una sola cosa. Puede que sea hora de que nos sentemos a escuchar la llamada legítima de los agonizantes estados nacionales, quiero decir, estados nacionales como conceptos, y entender que en esta dinámica de discursos legítimos y no tanto, hay un hilo conductor que viene de muy lejos.

De manera que no todo lo que se critica de una minoría es porque esa minoría es amarilla o negra o de cualquier otro color. Pueden haber razones legitimas, desde la cultura que sea, para que se reclame el cumplimiento de las expectativas de comportamiento dentro de un estado nacional X. Si no entendemos esto sólo hay uno de dos caminos, o prescindimos completamente del estado nacional o aceptamos esto como legitimo e iniciamos una conversación sobre esta base para que, algún día, podamos vivir en paz.

El salario mínimo universal – Ultimo balón de oxígeno del capitalismo?

Por: CELL

A finales de los 90 un autor norteamericano, al que me he referido en ocasiones, de nombre Jeremy Rifkin, publicó un trascendental libro titulado «El fin del trabajo».  En el mismo se planteaba que las democracias liberales capitalistas se enfrentan a una inmensa crisis economica provocada por la paulatina desaparición del trabajo remunerado.

Parece algo ridículo pero, si hacemos memoria, todos los días aparecen informes de nuevas tecnologías que amenazan sectores enteros de la fuerza laboral. A manera de ejemplo:

  • Cuántos cientos de miles de puestos de trabajo desaparecerán cuando se eliminen los cajeros de las tiendas y supermercados?
  • Cuántos puestos de conductor de vehiculos se perderán con los nuevos autos «inteligentes»? (entre taxistas y conductores de camiones de remolque y muchas otras opciones)
  • Qué pasará con los puestos de manufactura cuando ya nadie quiera poseer autos sino solo usarlos de manera que el número de vehiculos en circulación disminuya? (lo mismo se puede decir de cualquier otro equipo que requiera de manufactura)
  • Cómo se verán afectados los puestos de trabajo en la industria petrolera cuando desaparezcan los motores de combustión interna?

Estos son solo unos pocos ejemplos para ilustrar, pero el tema da para mucho.

Por supuesto, sin salarios no hay consumo y sin consumo no hay sistema economico en el capitalismo que conocemos. Por eso, algunos países que miran un poco más allá de la esquina se han planteado un salario mínimo universal para todos. Y, como siempre, los líderes del capitalismo occidental (EEUU y UK) han ridiculizado este plan como el colmo del liberalismo consentidor e irresponsable.

De lo que no se han dado cuenta es de que este plan es probablemente el último balón de oxígeno del capitalismo occidental monetarista. Si esto no se materializa o fracasa, entonces qué?

En complejidad aprendemos a manejar la incertidumbre, pero vaya con la incertidumbre! Se trata de que nos estamos cargando el sistema que hemos conocido desde finales de la modernidad y simplemente no sabemos que es aquello que lo va a sustituir ni qué consecuencias tendrá.

Más adelante, a lo mejor, me animo a escribir sobre las eventuales utopias (o distopias) que se nos vienen encima. Entre ellas una que nadie parece estar mirando …. que me parece que las democracias liberales y el concepto de estado nacional son incompatibles … pero … no se lo digan a nadie, todavía!

Mi articulo publicado en revista Utopia y Praxis Latinoamericana

En este mes ha salido a la luz el más reciente número de la revista Utopía y Praxis Latinoamericana, editada por la Universidad de Zulia (Venezuela). En la misma se presenta un artículo de mi autoría. El enlace al número completo es:

Utopía y Praxis Latinoamericana, número más reciente.

Para los interesados solo en mi articulo, este es el archivo:

Articulo Carlos Liriano

Espero poder darles mas sorpresas en el porvenir. Por lo pronto voy a trabajar en un cuento nuevo que espero sirva de base para un guión de película.

A tod@s un abrazo.