Marco Tulio Cicerón fue uno de los más importantes oradores forenses de Roma durante la transición de República a Imperio. Una serie de sus arengas (las llamadas catilinarias) ha pasado a la historia por su introducción. Las primera de ellas iniciaba con la pregunta «Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?» La cuál se traduce como: Hasta cuándo abusarás, Catilina, de nuestra paciencia? O de manera popular, y muy usada por nuestros letrados en audiencia, como: Hasta cuándo Catilina?
Por supuesto, en la actualidad aparecerá un lego que dirá que hay que ser inclusivos en cuanto al género y que habría que incluir a Catilino (todo un disparate porque Catilina es un nombre propio de varón), pero estos son los tiempos en los que vivimos. Ahora veamos, el tema de la corrección política emerge en el contexto filosófico del post-modernismo que establece que toda forma de opresión emerge de «constructos sociales» y que esos constructos rigen las relaciones entre las personas. El género es un constructo y como tal es completamente contextual.
Hace unos días se hizo pública la noticia de que en los Países Bajos, un caballero de sesentainueve años de edad procedió a demandar al gobierno para que se cambiaran todos sus documentos de manera que figurara como un hombre de cuarenticinco años. Su argumento? Que él se siente de esa edad y que se le discrimina por ser haber nacido muy temprano. No dudo que los tribunales le den la razón porque ya lo han hecho antes con respecto a otros temas como el sexo que se tiene de nacimiento.
Fuera de la chanza que todos disfrutamos por las redes, la demanda de este señor es un espejo de la disparatada realidad que nos ha tocado vivir. Y yo pregunto: si un hombre, que ha vivido toda su vida como tal, decide un día que quiere ser tratado como mujer y que sus documentos oficiales reflejen tal cambio porque él «se siente mujer», entonces, por qué, carajo, uno que se siente joven no puede ser joven? Por supuesto, eso tiene implicaciones desde el punto de vista del seguro de salud, de los préstamos hipotecarios (a los sesentainueve no te prestan a veinte años pero a los cuarentaicinco sí), de la búsqueda de empleo y hasta de los descuentos en el transporte o la fila del banco. Pero también desde el punto de vista penal. Si un hombre de treinta años «se siente» de quince y se le declara como tal, deberá ser juzgado en un tribunal de menores si mata a su hermana?
Yo, por lo pronto, quiero que en vez de pesar doscientas cuarenta libras (que es lo que dice la balanza) se me considere de ciento ochenta porque me siento más ligero. No acepto que se me discrimine cobrándome más por el seguro médico por ser ligeramente obeso. Tampoco acepto que me cobren más por el transporte o se me considere gordito. De hecho quiero que los médicos que me digan que estoy en sobre peso, sean encarcelados por uso de un lenguaje ofensivo. Esto parece un chiste, pero en Canadá se aprobó una iniciativa que buscaba hacer obligatorio que a las personas se les hablara usando el artículo y el pronombre que hubieran seleccionado en virtud de su preferencia de género.
Cómo lo explico?
Nada, que estamos jugando a un juego de identidades arbitrarias sin ningún apego a la realidad. El problema es que el juego de las identidades es casi infinito. Hasta dónde llegaremos? Ya es contextual el género, los artículos, los pronombres, la edad y, si me complacen en lo que quiero, el peso corporal.
De manera que me parece justo que increpemos a nuestras sociedades y a nuestros tiempos como hace dos mil años increpó Cicerón a Catilina, con estas palabras:
¿Hasta cuando, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?
¿Por cuánto tiempo tu locura se burlará de nosotros?
¿Hasta qué extremos ha de llegar tu audacia desenfrenada?