Esta es mi primera entrada en casi un año. La verdad es que las múltiples ocupaciones y proyectos no me han dejado hacer casi nada.
Hace algo más de un año, en agosto del 2017, escribí sobre el conflicto inminente entre el concepto del Estado Nacional y el de la Democracia Liberal. Entiendo que ese conflicto está cada vez más cercano y culminará con la desaparición total o parcial de la Democracia Liberal como se entiende en Occidente.
En estos días se ha estado planteado en mi país si se debe hacer cumplir el mandato legal de estudiar la Biblia en las escuelas. En ese sentido, quiero citar un fragmento de mi articulo del año pasado:
<<Es importante ver, en un estado, el motivo expuesto por sus fundadores para tal creación. De las primeras palabras públicas que se conservan de Juan Pablo Duarte (padre de la patria Dominicana), durante el inicio de los trabajos conspirativos de su sociedad secreta, extraigo estas palabras:
“…La cruz blanca que llevará nuestra bandera dirá al mundo que el pueblo dominicano, al ingresar en la vida de la libertad, proclama la unión de todas las razas por los vínculos de la civilización y el cristianismo… “
Como podemos ver, los fundadores entendían a mi país como un pueblo esencialmente cristiano y parte de lo que él llamaba “civilización” y que por supuesto se debe entender como civilización europea occidental (pues de ahí venía su formación). Y, visto de otro modo, ya desde los inicios del ejercicio de la llamada democracia liberal se manifiestan debilidades que emergen del concepto de que un estado nacional debe estar vinculado a un derecho que podríamos denominar “ab culturam” o emanado desde la cultura. La permanencia de tal concepto genera una paradoja para la democracia liberal que se puede plasmar como:
¿Deben los poderes del estado suprimir los intentos de la mayoría cultural por imponer sus expectativas de comportamiento a las minorías que coexisten dentro de una democracia liberal, toda vez que el estado ha sido fundado desde tales expectativas de las mayorías?
¿Puede prevalecer el concepto de un “estado nacional” basado en expectativas propias de la nación que le da origen, dentro del ámbito jurídico-político de una democracia liberal que está llamada a proteger las expectativas (siempre que sean legales) de otros grupos nacionales dentro de ese mismo estado?>>
Adicionalmente, tanto la declaración de independencia de José Núñez de Cáceres, en 1821, como la de Duarte en 1844, dejan claro que la República Dominicana es un país cristiano. Esto no ha sido repudiado y nuestro estado se considera a sí mismo como sucesor de la república proclamada por Duarte. Esto es que celebra sus fiestas, conmemora sus mártires, usa sus símbolos, etc.
De manera que el estado nacional dominicano se estableció para proteger y avanzar el interés de un pueblo que se auto-definió como cristiano. La democracia liberal, que emergió después, eliminó el concepto de religión oficial e introdujo la libertad de culto y la igualdad ante la ley de las diferentes religiones. Igual pasó en otros países. En los Estados Unidos, la libertad de culto y de expresión son enmiendas constitucionales, o sea, no se contemplaron en la constitución original, aunque sólo fuera por un par de años de diferencia.
De manera que el liberalismo exige igualdad de los cultos ante la ley, pero la nación emergió y fue definida como una nación cristiana.
Ese es el problema que está surgiendo, en todas partes, por diferentes motivos.
En Europa y los Estados Unidos los temas de prevalencia étnico-culturales se han casi apoderado de la política, ya sea de manera abierta o solapada, con el agravante en el caso de Europa de una población que no crece porque las parejas no tienen hijos.
En el horizonte, un nuevo fascismo asoma su cabeza de hidra. Es el reclamo de las naciones con mayorías que asumen su representación y sus privilegios de origen en contra de un «establishment» al que culpan, entre otras cosas, de haber traicionado a esa identidad mayoritaria y nacional para favorecer a minorias que se refugian en la libertad prometida por el liberalismo del siglo XIX, el cual no concebía la movilidad de la que ahora disfrutamos.
Ese fascismo moviliza y enardece, pero no explica. No explica que los problemas de los que sufrimos no son el resultado de la traición a la identidad nacional, o mejor dicho, sí son el resultado de la traición, pero una traición del capitalismo que por muchos años se vio obligado a disfrazarse por miedo a una revolución como la soviética, pero ahora que esa revolución ha desaparecido, ya no le importa lo que padezcan los de siempre.
El lío se resolverá como siempre, a balazos o con enemistades de siglos (o décadas que ahora el tiempo pasa volando). La democracia liberal desaparecerá porque las mayorías étnicas de las sociedades que emergieron como estados nacionales no aceptan que haya la igualdad de culto y cultura que el liberalismo prometió. Su negativa es legítima, porque está de alguna manera basada en los documentos y en la historia, pero es también anacrónica y extemporánea. Y ahora que estamos revisando principios, por qué no revisar el capitalismo?
Mientras tanto, y por aquí, tenemos el problema de que, al menos documentalmente, la República Dominicana es un país que se definió cristiano. Algo que otros países no hicieron en su momento. Y eso nos va a doler porque el pleito está casado y tiene los documentos a su favor. Duélale a quien le duela.