Nuestra Democracia

Estamos viendo en todo el mundo el emerger de un cuestionamiento de la eficacia gubernamental en ciertos aspectos de interés ciudadano y de inmensas dudas con respecto a los fundamentos éticos de la democracia electoral.

Hemos llegado a pregunarnos si la democracia sirve de algo o si deberíamos volver a cierto nivel de despotismo ilustrado como lo plantean ciertos brotes de mesianismo autoritario. En ese sentido debemos recordar que la democracia liberal, por lo menos en sus versiones más exitosas de la actualidad, se trata de la fusión de dos grande corrientes que deben mantenerse balanceadas. Una corriente electoral que garantiza el gobierno de la mayoría, dándole legitimidad, y una corriente liberal que protege los derechos de las minorías, así sea de una sola persona, y le da fundamento ético. Sin ambas funcionando adecuadamente la democracia no puede sobrevivir.

Un sistema democrático basado en valores éticamente defendibles no puede ser sólo el gobierno de una mayoría desenfrenada y apasionada, sino que tiene que sustentarse en las columnas del respeto a libertades individuales porque al final, una nación está siempre compuesta por individuos.

El escudo protector de las libertías y garantías constitucionales individuales lo es el poder judicial. Si éste no funciona, la sociedad está condenada al gobierno por turbas, por aclamación, por pasión. Y todos sabemos que las turbas pueden equivocarse horriblemente.

Todos estos balbuceos preliminares vienen a cuento porque al mismo tiempo que en la gran América del Norte resuena el coraje de un juez, en mi país algunos medios osan tratar de deslegitimar los reclamos de una ilustre minoría con respecto a que el gobierno debe rendir cuentas ante sus ciudadanos por los actos de corrupción develados a raíz del escándalo Odebrecht.

Aquí nos estamos perdiendo en debates acerca de cuántos ciudadanos marcharon el pasado día 22 para reclamar el fin de la impunidad. La realidad es que tal número es irrelevante. no importa cuantos fueron ni si el soborno perjudicó a muchos. El agraviado puede ser tan sólo uno. Eso no importa. Lo que importa es que ese llanto de pocos tiene que ser escuchado aunque el gobierno haya sido electo con un 62% de los votos. Si esto no es así, los muchos oprimirán a los pocos que marchan, y fracasará nuestra democracia. Nuestro gobierno se convertirá en un despotismo no tan ilustrado y la amargura nos ahogará en poco tiempo. Porque el despotismo siempre logra que las cosas se muevan de manera muy rápida pero a la larga la muchedumpre siempre se disgrega, siempre cambia de opinión, siempre traiciona y lo que sea que se haya alcanzado se desvanece en un corto quejido.

Amén.

1605: La cimarronada avanza

En mi articulo anterior de esta serie empezamos a ver como nos convertimos en un pueblo de cimarrones que aún hoy tiene 10 millones de evadidos. No lo somos en la ley pero sí en la mente y en el alma. Hoy continúo esta serie y, a pedido de mi amiga Paulina Jones, incluyo un mapa en el que se muestra el efecto de las devastaciones. Este mapa proviene de los libros de texto escolares de mi país, en los cuales este evento es estudiado como de gran trascendencia. Este es el mapa (para bajarlo pueden hacer click en el link que aparece más abajo:

devastaciones-de-osorio1605_1606

Como ya vimos, a partir de la ejecución de las devastaciones entre 1605 y 1606, casi la totalidad de la población permanente de la isla se concentró, forzadamente, en las áreas alrededor de la ciudad de Santo Domingo, los llanos del este (El Seybo e Higuey), y en menor medida en el centro del valle del Cibao en las ciudades de La Vega y Santiago. Fuera de estos centros, las zonas devastadas fueron el lugar de residentes temporales a lo largo de toda la sinuosa costa del occidente de la isla (lo que hoy es Haití), y residentes más o menos permanentes en los montes de la cordillera central (que bordea el valle del Cibao) y en los llanos del nordeste y la franja costera al norte de la peninsula oriental (al norte de lo que hoy es Hato Mayor). Estas poblaciones permanentes estaban compuestas, como ya mencionamos, por negros «alzaos» (cimarrones) y toda clase de evadidos de las leyes de Dios y los hombres.

Esos residentes se dedicaron a las actividades que eran más idóneas para el terreno en el que se encontraban. Los colonos de las fértiles tierras del Cibao central y la cordillera se dedicaron en mayor medida a la agricultura de subsistencia o comercio de menor escala. Los que se establecieron en el los llanos del nordeste y del este se dedicaron a la ganadería, por ser estas tierras aptas para el pasto y el pastoreo. En este momento se reproduce la fractura social más antigua que conoce la humanidad, que no es más que aquella entre agricultores y ganaderos, o lo que es lo mismo, entre nómadas y sedentarios.

Ya desde el Génesis, nos narra la biblia que Caín era agricultor y Abel era pastor, que las ofrendas de Caín no agradaron a Yahvé pero los jóvenes y vigorosos corderos ofrecidos por Abel, sí le gustaron, y es por los celos de la cercana relación de Abel con Yahvé por lo que Caín termina asesinando a Abel. Este drama de conflicto entre las poblaciones agricultoras y las ganaderas se replica en casi todos los ámbitos de la humanidad y en todos los tiempos. Por supuesto, mi país no es la excepción.

En la República Dominicana emergieron dos formas de ver el mundo que se contraponían y que son reflejo de dos posturas relevantes en todas partes. Los agricultores necesitan un régimen legal poderoso, con leyes razonables y que se apliquen a todos, una primacía del deber por sobre la libertad. Esto porque necesitan seguridad legal de sus propiedades y linderos determinados que sean respetados por sus vecinos con la fuerza del deber. Igualmente, necesitan cierta predictibilidad de sus tareas que dependen de las estaciones y la disponibilidad de agua, ya sea esta natural o adquirida por riego. Tanto un tipo de disponibilidad como el otro, dependen de la buena voluntad y el ejercicio de labores colectivas, pero también de relaciones de producción, sobre todo en las grandes plantaciones, jerarquicas desde su inicio y basadas en una cadena de ejecución inevitable.

Por otro lado, los ganaderos necesitan libertad para mover su ganado de una parte a otra, su visión es de la primacía de la libertad sobre el deber, lo que los empuja hacia una gran capacidad de improvisación y a una relación de trabajo meno jerarquica a costa de ser por momentos caótica. Paradójicamente, debido a que la riqueza del hatero es móvil (las reses) y por lo tanto expuesta al robo o el decomiso, no hay peor crimen que el robo de ganado y, en las comunidades hateras, el castigo para este acto es cruel e inmediato.

Con el correr del tiempo, nuestra independencia fue asegurada por improvisados «ejércitos» compuestos de levas de hateros y agricultores. Sin embargo, el poder político se cimentó alrededor de los hateros encarnados en la persona de nuestro primer presidente posterior a la promulgación de nuestra constitución de Noviembre del 1844, el general Pedro Santana, un hatero del Seybo.

El carácter hatero de nuestros primeros gobiernos quedó plasmado en sus ejecutorias centradas más en hacer permante el poder de este grupo que en garantizar la paremanencia de instituciones republicanas fuertes. Sin embargo, el efecto más importante de estos gobiernos fue preservar la visión cimarrona del universo de la que adolecemos los dominicanos. Algunas pinceladas de esta forma de acercarnos a la realidad son:

  1. Los dominicanos, como buenos cimarrones, padecemos de una cierta discapacidad social. Somos adolescentes de corazón y como todos los adolescentes somos impulsivos y vanidosos. Esto nos convierte en aventureros con gran iniciativa comercial pero poca prudencia financiera. Nuestros genes hateros son capaces de gran recursividad e improvisación de soluciones pero pésima planificación, incluso a corto plazo. Realmente ni siquiera pensamos en lo que haremos en los próximos 20 minutos a menos que sea algo que nos produzca gran placer. En el placer (la concupiscencia como diría la iglesia) si que somos verdaderos previsores.
  2. Los cimarrones somos individualistas incapaces de pensar soluciones colectivas. Somos burgueses perfectos. Como ya lo dijo don Juan Bosch los dominicanos pobres no son proletarios sino pequeños burgueses pobres o muy pobres pero burgueses y, por lo tanto, emprendedores.
  3. Dado que el cimarrón no tiene vecinos, nuestro manejo de los espacios de convivencia es miope y torpe. Somos hospitalarios y alegres, creemos que nuestra relación con el vecino es perfecta pero no nos damos cuenta de la forma en que nuestro individualismo (ver punto anterior) molesta e incomoda a los vecinos.
  4. Para el cimarrón, el estado es una entidad distante y débil. Quisiéramos que fuera fuerte y que aplicara con firmeza la ley, pero solamente a los demás. A nosotros queremos que nos la apliquen blandamente y con flexibilidad, plazos y comprensión. Dicho de otro modo, queremos que nos den un «chance». Igualmente, somos desconfiados del poder del gobierno del estado y no creemos en lo que dice o hace (y juzgando por los resultados con sobrada razón).
  5. La vida del cimarrón es contemplativa y lenta. Los eventos se suceden de a poco en poco puesto que la naturaleza tiene su ritmo, de manera que no vale la pena estresarse por nada, o sea, hay que «cogerlo suave». Esto nos hace impuntuales y en apariencia indolentes.
  6. Los cimarrones vemos la propiedad como algo ambiguo. Lo mio es mio y lo tuyo puede ser tuyo solo si lo puedes demostrar y defender, de lo contrario es de todos o, lo que es lo mismo, puede ser también mio. Paradójicamente, los cimarrones somos profundamente generosos y sensibles, al mismo tiempo que egoistas. Esto es porque como la propiedad es ambigua y bien puede ser de todos o de nadie, el transferir la propiedad de algo es un hecho trivial y hasta esperable. En dar no hay trauma. Eso ha creado una red, siempre improvisada, de solidaridad que ha impedido que, a pesar de la desesperante pobreza, emerjan focos de violencia social.
  7. La espiritualidad es un ejercicio quintaescencialmente cimarrón. En la soledad de la cimarronía se requiere fe y confianza en la ayuda de lo que no se manifiesta en la materia, ese algo que todo lo permea, que sonrie con la lluvia y que hace parir al monte y a la yeguada. Ese ejercicio constante nos permite a los cimarrones contemplar la realidad de la creación e intuir la presencia del espiritu unificador del todo que nos rodea.

Estas características son fácilmente distinguibles a todo lo largo de nuestra historia y se han mantenido constantes en cada era desde la colonia tardía hasta la cuarta república en la que hoy nos hallamos. En realidad cualquier estudioso de la historia dominicana podría evaluar eso que Fernand Braudel llamaba la «long durée», que no es más que ese sustrato civilizacional que se encuentra presente en lo profundo de cada pueblo a lo largo de todos los eventos de su historia. Por sobre todo, es importante entender que el estado actual no se parece en nada al estado débil y distante que primó durante el siglo XIX y buena parte del XX. Pero ese ejercicio lo dejo para otra entrega. Amenazo con continuar …