Breve Carta de Amor a la Democracia Americana

El martes que viene (día 8) se llevarán a cabo los comicios generales de los Estados Unidos. Quisiera puntualizar algunas cosas antes de que los acontecimientos nos sobrecojan. En ese sentido, si escribiera una carta al espíritu de la mayor república de Norteamérica, la misma se vería así:

Querida América,

Ante todo, perdóname por la confianza de llamarte por el nombre de todo el continente y no por el más formal de «Estados Unidos». Pero lo hago con todo el cariño porque tu república fue pionera de un sueño hermoso de Vida, Libertad y Búsqueda de la Felicidad. Un sueño que otros países como el mío han querido seguir a lo largo de los años, con mayor o menor éxito, y es por eso que creo que llevas sobre tus hombros la expectativa de todos  los que vivimos de este lado, los americanos, y los «americanos».

La disyuntiva a la que se enfrenta el pueblo al que acoges no es necesariamente lo que percibe la mayoría de los que componen ese pueblo, esto es, una elección entre lo normal y una propuesta de cambio, o como dirían los más liberales, entre una mejora paulatina y un salto al vacío. Lo que se debe decidir es en qué forma y bajo cuáles condiciones se puede prolongar la vida del capitalismo que te ha convertido en lo que eres: un poderoso gigante dentro del cual conviven la opulencia y la miseria.

Ese capitalismo fue fundado sobre la premisa de que habría un crecimiento continuo de la riqueza sobre la base de la explotación de los recursos naturales y la presencia de una cantidad interminable de obreros que no cesarían de llegar de todas partes y se alimentarían de las interminables fuentes de trabajo que se generarían mediante la re-inversión de la riqueza. Eso ha dejado de ser cierto.

Desde hace unos años, la mayor parte de la riqueza que te mantiene siendo gigantesca fue producida por la especulación y las inversiones financieras. Los avances en la tecnología amenazan a sectores enteros del trabajo (cajeras de supermercados, taxistas, obreros industriales, etc), al punto  de que uno de tus hijos, Jeremy Rifkin, escribió un libro llamado «El Fin del Trabajo», el cual es prácticamente el obituario del trabajo manual. Sin trabajo no habrá salarios ni consumo, y sin estos la maquinaria llamada Capitalismo dejará de crecer para siempre. Es por esa disminución de trabajos manuales bien remunerados, como aquellos que alimentaron tu gigantismo en las primeras seis décadas del siglo XX, que tu hijo bien amado, el capitalismo especulativo, se hizo fuerte y tomó las riendas de tu riqueza.

Pero no debes preocuparte mucho por eso, tus empresas reportan inmensas ganancias a sus accionistas, tus hijos siguen siendo estudiosos, innovadores y productivos, el comercio aumenta con cada nuevo tratado y tus productos siguen dominando áreas de importancia. No te preocupes, ¿o sí?

Si no tienes que preocuparte, ¿entonces por qué te escribo esta carta? ¿Qué es lo que nos asusta?

Nos asustan tus pies de barro, tus desposeídos y desprotegidos, los que han perdido todo ya sea porque fueron desplazados por máquinas o porque los especuladores le prestaron dinero que sabían que no podían pagar y terminaron apoderándose de todo lo que tenían. Te escribo porque, admitamóslo o no, te queremos y te necesitamos como un país fuerte, pero sobretodo estable, sereno y un poco menos arrogante de lo que has sido desde 1945. Toda tu fuerza es una inmensa amenaza si de ti se apodera la locura y, créeme, nosotros los caribeños sabemos de locura, de la temporal y la permanente.

Te escribo porque todo está a punto de cambiar y nadie habla de eso. Porque millones de hogares son mantenidos por madres solteras que tienen que trabajar dos turnos diarios (a razón de 7 dólares la hora) solo para comer, y de paso, comer muy mal. Porque muchos estudiantes no podrán pagar sus deudas escolares, pero, sobretodo, porque muchos de tus hijos han sido engañados para que crean que su país ya no les pertenece, que han sido sacados por los «otros», los marrones y amarillos y para que crean que antes eran más ricos. Los engañaron para que piensen que el dinero de la salud y la educación universitaria subvencionada no les llega porque esos «otros» la tienen y la usan a su antojo.

Lo que no les van a decir es que eran más ricos antes que ahora porque los millonarios se apoderaron de la ley y la hicieron a su favor para no pagar impuestos y que los pobres no tuvieran asistencia médica y no pudieran ir a la universidad a precios subsidiados y para mantener los salarios bajos en aras de una supuesta «competitividad» al tiempo que se embarcaban en guerras que sabían que no podían pagar y no estaban justificadas, no, claro que no, eso no lo van a decir nunca. Dirán que la culpa es del «otro», del negro con el nombre raro o de los que comen picante.

Pero la peor mentira es decir que ahora tu gente pobre «no tiene nada que perder». Esta es la mentira más insidiosa y perversa. No les creas, América, tienes mucho que perder. Créeme, que te lo digo yo que sé de eso, de lo que se puede perder en menos de una generación. Pues ahora resulta que es preciso hacer que América sea grande otra vez. Y yo pregunto, ¿cuándo se dio esa grandeza a la que queremos regresar? ¿En los años 50 cuando los negros no podían votar , los colgaban de los sauces llorones del sur y las parejas inter-raciales estaban prohibidas? ¿En los 30 cuando los judíos no podían ser parte de los clubes? ¿Cuándo fue que fuiste grande, más grande aún que ahora?

Pero, me parece que desvarío. Lo que me asusta es que, sin importar el sarcasmo y los vituperios que se dirigen tus democráticos candidatos, tu capitalismo no puede seguir creciendo sobre la base de especulación e inversiones financieras. Tarde o temprano, la riqueza tiene que ser creada en lo concreto, y tiene que ser distribuida. La riqueza tiene que ser creada en los ladrillos y el cemento, pero sin salarios decentes ni trabajo, sin educación y salud costeables, esto no puede ocurrir. No habrá ladrillos ni cemento porque nadie podrá pagarlos. Ni se pagarán los préstamos educativos o de salud y, si esto no ocurre, tampoco habrá especulación por mucho tiempo porque los fondos se agotarán. No puedes creer en soluciones que propongan disminuir los impuestos a los ricos, para que ellos repartan el dinero con el que se quedarán. Esto ya lo intentaste y no funcionó. No funcionó porque los ricos consumen lo mismo ya sea que ganen diez millones, cien, mil o tres mil millones al año. Simplemente, se lo guardan. A menos que encuentres la forma de que la in-equidad sea disminuida a través de aumentar los salarios y usar el dinero de los impuestos para asegurar salud, educación y un plan de capitalización de emprendimientos para los que menos tienen, tu república, tan hermosa y añorada no vivirá. Se desvanecerá en el polvo de la historia como otros tantos proyectos antes que tú.

Si no te das cuenta de que el futuro de tu sistema está en esos «otros», marrones y amarillos, en que ellos se integren y puedan recibir salarios decentes y aumentar el consumo y vigorizar tus mercados, francamente no veo una salida. Otros países ya se han planteado repartir un salario base a cada ciudadano como una forma de inducir consumo y darle una especie de resucitación cardio-pulmonar al capitalismo. Pero después de la resucitación, ¿qué haremos? ¿Cuál será el modelo? ¿Seguiremos usando monedas como ahora o migraremos hacia el trueque? ¿Qué es lo que está amenazado, es el capitalismo per se o es el monetarismo?

Pero nadie habla de esto. Lo que se habla es de los putos emails o del trasero de las «misses».

Ahora bien, resulta que he dejado lo mejor para el final. Como dijo Edgar Morin, profeta francés del pensamiento complejo, «estamos ante un Titanic planetario». Y añado yo: tenemos que pensar en quién queremos que esté al timón cuando choquemos contra el inmenso cubo de hielo del cambio climático. Tendremos a un capitán que niega que el iceberg existe o tendremos a alguien que, por lo menos, sabe que el peligro está ahí.

En fin, América, que desde mi isla caribe manchada de pobreza e impunidad te digo: no se te ve bien. A tus jóvenes no les importa mucho participar y proteger tu república, tus ricos no quieren ceder, tus políticos son unos impresentables que ahora se rasgan las vestiduras y fingen que no sabían que siempre mentían y tomaban el dinero de los ricos para ayudarles. Pero lo peor es que esos mismos políticos han creado un demonio que se los tragará en el 16 o en el 20 pero se los tragará. Han creado el temor.

No queremos que te caigas, no sea que al caer nos arrastres con tus brazos de gigante, cual el mítico roble, y terminemos rumiando verdaderamente nuestras antiguas «grandezas»,  y hablemos de aquella época gloriosa de cuando podíamos comer. Pero esta preocupación no es egoísta. No lo hacemos solo por nosotros, nos preocupamos porque pudiste ser el sueño dorado de la humanidad. Pero, desde donde estoy, empiezo a creer que ese sueño se quedó ya para otra vida.

Santo Domingo, Noviembre 6 del 2016, día de la constitución dominicana.