Les pido a mis quienes leen estas líneas unas disculpas anticipadas porque no acostumbro a escribir estos aportes tan largos. Pero este tema lo merece y también merece mucho más. En vez de decir que espero que lo disfruten, en este caso diré… que espero que lo mediten.
En días recientes se ha estado debatiendo, nueva vez, el tema de la violencia machista que, solo en la última semana, se ha cobrado la vida de tres mujeres jóvenes. Por supuesto, llueven las condenas, se espera alguna reacción de parte de las autoridades, se ofrecen cifras (que nunca se sabe de dónde salen), se clama por soluciones que van desde lo espiritual (buscar a Dios) a lo ridículo (que las mujeres no salgan de sus casas), los más indignados exigen mano dura y hasta claman por re-instituir penas arcaicas como la ejecución, mutilaciones y todo un largo etcétera. Lo que nunca pasa es que alguien se siente, serenamente, y le proponga a esta sociedad algún curso de acción razonable. Y la verdad es que a la larga tampoco importa. Esta sociedad del espectáculo encontrará otro escándalo, otra indignación y seguiremos bailando de pascua florida a pascua de navidad, discutiendo el futuro de la república en textos de 160 caracteres (sí, estoy hablando de ti, Twitter).
Pero sucede que yo tengo dos hijas y siempre que se habla de algo que las puede afectar, a mi me interesa. De manera que para evitar que esto se deje a la libre, como siempre pasa en este Caribe insular, me decidí a escribir algunas cosas para ver como empezamos a echar las bases de una actitud más serena y que tienda a establecer cursos de acción en vez de buscar a quién lapidar.
Y no es que esté mal indignarse, al contrario, ese es el deber de todos los ciudadanos que forman parte de una sociedad democrática. Debemos indignarnos a tal grado que sea el gobierno el que sufra de terrores nocturnos al pensar en la reacción de la ciudadanía. Pero la indignación que yo quiero es permanente y centrada, una que busque soluciones igual de permanentes y no menos centradas.
Lo de la pena de muerte no merece ni discusión porque siempre la terminan usando contra el que menos la merece. Al final se usa para apoyar tiranías y para eliminar a aquellos que son oprimidos en vez de defendidos. Y siempre se menciona que en China esto o en China lo otro. Lo que nadie dice es que en China no ejecutan a ningún amigo del presidente Xi y siempre son ejecutados los sospechosos habituales, o sea, los que no son del “grupito”. De manera que el problema no es matar o no matar, el problema es a quién vamos a matar, quién decide a quién matar y si realmente confiamos en la justicia. Una justicia que no es capaz de aplicar una pena de prisión de 30 años de manera efectiva y eficiente, tampoco aplicará una pena de muerte. Cualquier pena extrema con esta justicia, o con cualquier justicia humanamente falible, es llamar a la desgracia. Si no confiamos es que se castigará a los que arreglan una licitación para comprar papel de oficina, ¿cómo podemos confiar en la aplicación adecuada de un castigo tan irreversible como la muerte?
Igualmente, centrarse en el castigo no resuelve el problema de ninguna manera pues, de todas formas, muchos verdugos terminan en el suicidio con lo que para ellos no hay inconveniente en morir ni es la muerte disuasión. Los castigos son siempre “ex post facto”, con lo que la única solución es evitar que ocurran las tragedias de las que hablamos. Hablar de castigos no es lo que queremos.
Entonces, ¿Qué es lo que queremos?
Queremos escuchar algo que nos ofrezca ideas de todo lo que compone este problema. Eso se lo debemos a la sangre de las que murieron hace apenas una semana. Pero, siempre que se le plantea éste, o algún problema similar, a un político, la respuesta tangencial es: “eso es un problema muy complejo”. Y yo respondo: ¿y qué? La complejidad es una ciencia que permite el estudio de dinámicas complejas en campos que van desde la socio-política hasta la bio-química. Simplemente, eso ya no es excusa. Si es complejo, entonces tómese una taza de té y empiece a modelar su sociedad temprano, pedazo de haragán, que porque usted sea político no quiere decir que le toca trabajar solamente 6 de cada 48 meses.
Como nadie parece tener idea de cuál debe ser la primera pregunta, entonces empecemos por explicar algunas cosas que nos permitan empezar a formular las preguntas indicadas porque esto de hacer las preguntas que van no es tan trivial como parece. Esta sociedad no ha querido adquirir consciencia de lo que es dar seguimiento a una pregunta o un grupo de preguntas. ¿Acaso no sabemos que el liderazgo político está compuesto por personas cuyo perfil es de una falta total de empatía y que solo reaccionan ante un proceso deliberado y constante de presión?
Veamos.
El organismo de las Naciones Unidas al que corresponde este tema define la violencia contra la mujer de la siguiente manera: “cualquier acto de violencia basada en el género que resulte, o sea factible de resultar, en daño o sufrimiento físico, mental o sexual de una mujer, incluyendo la amenaza de tales actos, la coerción o la privación arbitraria de la libertad, ya sea que ocurran en la vida pública o privada”.
También se menciona que los factores de riesgo de la violencia sexual o de compañero íntimo incluyen:
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menores niveles de educación
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haber perpetrado o experimentado violencia sexual
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haber perpetrado o experimentado violencia familiar
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presentar un desorden de personalidad anti-social
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uso dañino del alcohol (ya sea que lo efectúe o lo haya padecido)
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actitudes que acepten la in-equidad de genero (perpetradas o padecidas)
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mantener múltiples compañeros sexuales o que la pareja sospeche tal comportamiento
En la lista anterior, me he permitido resaltar aquellos factores que pudieran ser, a simple vista, prevalentes en la República Dominicana, sobre todo a nivel de las clases de menor poder adquisitivo o que padecen una condición de marginación.
Sin embargo, definir los factores de riesgo no es suficiente, porque todo saber empírico es contextual (depende del contexto) y muchos de los estudios disponibles se han efectuado en otras sociedades con lo que no aplicarían necesariamente a la sociedad en la que vivimos. Para poder empezar a plantear soluciones tenemos que responder una serie importante de preguntas partiendo de dos premisas que llaman la atención:
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Ningún país se desarrolla si no logra integrar a la mujer a su educación y, por ende, a sus procesos económicos y políticos.
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Como ya vimos, el nivel de educación es inversamente proporcional a la probabilidad de victimización. Sin embargo, no creo que sea un proceso lineal y directamente vinculado, sino que puede ser mediado, o sea, que se produce de manera indirecta ya sea porque la mujer con mayor educación reconoce mejor los signos de una personalidad amenazante o porque tiende a desarrollar relaciones con varones de similar nivel de educación y menores niveles de frustración real o percibida (punto (a) de los establecidos por la ONU).
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En estudios llevados a cabo en otros paises, el tema de la educación está vinculado con la salud reproductiva y el control del momento de la reproducción y el número de hijos. Cabe decir, si la mujer recibe la posibilidad de controlar la dinámica reproductiva, esto le permite ampliar sus estudios y determinar el momento más apropiado para tener los hijos, así como establecer una relación sobre la base de afinidad y no de dependencia. La presencia de ambos padres evita que los hijos se desarrollen en un entorno “callejero” en que se celebra la “ley del mas fuerte” y la inequidad de género (punto (f) de los nombrados por la ONU).
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La posición desigual de la mujer, relativa al hombre, y el uso normativo, o consuetudinario, de la violencia para resolver conflictos están fuertemente asociados con la violencia marital o de convivencia, por lo que se hace necesario promover la equidad en las posiciones relativas de género.
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Los hijos que nacen en condiciones de aceptación y cuidado parental tendrán mayores probabilidades de alcanzar mayores niveles educativos y más altos niveles de ingreso. Con esto se mitigaría el tema de la marginación y la frustración social que pueden dar lugar a espacios de violencia machista (punto (c) de los nombrados por la ONU).
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Los costos económicos y sociales de la violencia marital son enormes y tienen efecto multiplicador a lo largo y ancho de la sociedad. La mujer puede sufrir aislamiento, incapacidad para trabajar, pérdida de ingresos, falta de participacion en actividades regulares y limitada capacidad para cuidarse a sí mismas y a sus hijos.
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La presencia de armas de fuego en un hogar en que se desarrolla una dinámica de violencia doméstica, incrementa la probabilidad de que ocurra una muerte violenta, por lo que limitación de la disponibilidad de estas armas es parte fundamental del proceso.
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Hay evidencia, obtenida en estudios hechos en países ricos, de que programas de prevención escolar de la violencia en el noviazgo han mostrado efectividad, pero estos programas tienen que ser evaluados en países pobres, así como programas que combinen la micro-finanza de proyectos con la enseñanza de valores de equidad de género, la comunicación entre parejas y a nivel comunitario, el cambio de las normas y expectativas de comportamiento de género.
Como podemos ver, pues, en un entorno social en que la mayoría de los menores crecen en hogares en que el jefe de familia es una madre soltera (cerca del 50% de los jefes del hogar en la RD son madres solteras), que tienen muy bajo nivel de educación, que tuvieron su primer hijo a una edad muy joven (entre los 15 y los 17 años) y que han tenido múltiples compañeros sexuales en busca de la “estabilidad” económica que añoran pero que no saben cómo conseguir, queda claro que hay muy altas probabilidades de que se presenten uno o varios de los factores de riesgo mencionados por la ONU.
Por supuesto que, al ser los humanos criaturas complejas, hay muchos otros factores. No todos los que crecen en hogares con madres solteras y en la pobreza se convierten en varones violentos o mujeres proclives a ser víctimas de violencia, ni tampoco los educados de clase media, media alta o alta, están exentos de ejercer o sufrir violencia, pero, todo lo que podemos hacer es hablar de probabilidades y de mitigar factores de riesgo puesto que la posibilidad siempre estará ahí.
Para hacer un proceso efectivo de mitigación de las muy altas probabilidades de violencia doméstica en RD, es importante responder las siguientes preguntas:
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Quienes son las víctimas de la violencia?
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Dónde viven?
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De qué viven?
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Cuál es su nivel de educación?
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Cuáles son sus ingresos?
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Cuándo empezaron a ser violentadas?
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Cuándo tuvieron su primera relación y su primer hij@?
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Cuántas relaciones estables han mantenido?
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Cuales son sus expectativas de comportamiento con respecto al varón, o a su compañero en particular?
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Cómo adquiere esas expectativas de comportamiento?
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En qué entorno y dentro de qué contexto ocurre esta violencia o control?
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Quien es el agresor?
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Cuál es su situación respecto a la víctima?
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Dónde vive?
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De qué vive?
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Cuál es su nivel de educación?
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Cuáles son sus ingresos?
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Cuándo empezó su agresión?
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Cuáles son sus necesidades insatisfechas?
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Cómo se vectorizan sus dependencias?
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Dentro de qué contexto se empodera el agresor?
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Cuáles son sus expectativas de comportamiento que “justifican” la agresión?
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Cómo se crean estas expectativas?
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Qué le hace sentirse poseedor-controlador de su compañera?
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Quién les enseña?
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Todas las respuestas a estas preguntas deben estar por ahí en uno de los miles de “estudios” que se han hecho, o en los censos de población. Pero si no lo están es necesario que se hagan, que se pregunte en la policía, en los hospitales, en las escuelas. Con las respuestas, es importante hacer un mapa que priorice las condiciones que se deben “atacar” primero y cuáles vendrán después. Estas preguntas tienen que hacerse hasta el cansancio y no dejar respirar al liderazgo político hasta que comience a responderlas.
Una cosa es cierta, todo el comportamiento social y las prácticas colectivas que se institucionalizan (así lo plantea el profesor cubano Pedro Sotolongo en su libro “Complejidad y Vida Cotidiana”) ocurren dentro del ámbito de la conciencia pre-reflexiva y vienen condicionados por las expectativas de comportamiento de toda una sociedad. De manera que mientras esta sociedad siga esperando que los hombres sean machotes dueños de “la finca y la mujer”, nada cambiará. Mientras las iglesias sigan enseñando que el hombre es cabeza de familia por derecho divino, nada cambiará. Mientras haya mujeres tan desesperadas que vean al macho del barrio como una tabla de salvación y posible facilitador de condiciones de subsistencia para ella y sus hijos, nada cambiará. Mientras las niñas de 14 y 15 años sigan quedando embarazas de patanes que creen que van a ser el próximo gran cantante de “urbano” o reguetón para luego criar esos infantes en la parte trasera de una casucha inmunda, subsistiendo en base a lo que gana mamá de lavandera en una casa privada, nada cambiará.
Por último, una reflexión que igual suena a bobada: he notado que los lugares a los que acudo en que hay menor nivel de confrontación son aquellos en los que la gente va solamente a bailar. Y me parece que el baile, la danza que nos acompaña desde siempre, es una forma de que un hombre entienda que la mujer es su compañera y socia, y que nada pasará sin que ella esté también de acuerdo. De lo que se me ocurre que, tal vez, en nuestras escuelas deben iniciarse programas para enseñar a los chicos a bailar desde que están en la primaria. Quizás incluso creando concursos nacionales en los que se premie este aprendizaje. El baile, y en la RD tenemos de sobra géneros musicales, permite que los integrantes de la pareja se comuniquen, que se toquen en un entorno que no sea indicativo de violencia o de simple lujuria, enseña a confiar, a estar cerca sin amenaza ni temor, pero sobre todo a compartir expectativas de comportamiento y a sentir que se es parte de algo más grande que nosotros mismos.
Pero no todo es bailar… es necesario responder las preguntas que planteo y muchas más, y seguirlas repitiendo hasta que tengamos respuestas y podamos empezar a hacer lo que tenemos que hacer. De lo contrario, nuestras mujeres se seguirán muriendo y seguiremos siendo una sociedad poco menos que cavernaria.
Paz.