Dicen que al morir se ve pasar la vida ante los ojos como en una película. Lo raro es que, aparte de un sabor metálico en la boca y un deseo inmenso de dormir, la única imagen que le llegaba era un sonido, más bien un ruido rítmico y molesto, que sonaba como Fatán, fatán……fatán, fatán……..fatán, fatán……el tren “A” que tomaba todos los días para ir a trabajar a la bodega de Lino. Pero las imágenes se difuminaban en un verde brillante que le era completamente desconocido, no era el verde oscuro y grisáceo de los arces y robles que bordean los viaductos, era un verde caluroso, montaraz, como el que le había descrito la vieja, sí, eso era, un color ajeno y hermoso.
Recordaba el mismo sonido que había sido marco de la mayor parte de su vida: fatán, fatán…..fatán, fatán…..el frío, el entumecimiento de la mejilla contra el cristal de la ventana del tren, noviembre, gris y naranja…….NEXT STOP NEW ROCHELLE…..READY FOLKS FOR NEW ROCHELLE…….el andén de madera, la brisa fría, las escaleras de metal y caminar ocho cuadras desde la estación hasta el “basement” de “mala bebida”, el primo a quien en familia apodaban Tico. Estaba en silla de ruedas desde la guerra del golfo, no porque fuera héroe de cien batallas sino por un raro accidente en que le cayó un atado de cuatro tanques de acero inoxidable, con 20 galones de cerveza cada uno, mientras los descargaba de un camión del cuerpo de infantería de marina. Ahora vivía solo en un apartamento de planta baja, que disfrutaba del privilegio de un “beisman” en New Rochelle, al lado de una marina preciosa que parecía que se la pasaba más congelada que con botes, pero que permitía el raro privilegio de ver el juguetear de las ardillas mientras se preparaban para el invierno.
- – …my brother, how are you?…how the fuck are you?
- – deja la vaina Tico que tamo en el talk de la república.
- – Maldito campesino, aprende inglé mejol será.
- – Lo hablo mejol que tu cien vece, jodedol…
- – Ey, coño no me diga eso aquí que tamo en pari….
- – Mira lo que te traje…pa’que no joda….
- – A two dollar bottle of wine?, ta ejpléndido tú eh?……y la vieja?
- – Qué vieja?
- – Tía Secundina….coño, cómo que qué vieja? Tú tá creisi coño?
- – Ah!…ella tá bien … hablando siempre de que dique vamo a viajá pa’la república pero yo nunca tengo tiempo.
- – Ven que te tengo un pal de velduga. La que te toca a ti tá bomba y con la mía no te meta, ok?.
Siempre me intrigó el orgullo de algunos de ser yanqui en tierra yanqui, a la hora de la hora todos volvíamos a hablar dominicano. Cuanto más inglés le podíamos meter mejor. A la vieja le jodía eso, “aprende a hablar correctamente” me repetía en una lengua casi cómica por lo lejana. Con el tiempo aprendí a usar un buen castellano cuando hacía falta, y un dominicano fluido el resto del tiempo. El inglés era sólo para trámites y escuela, o para el ocasional policía que a veces nos detenía. La vieja había empezado a claudicar y a usar el dominicano “neoyorquino” desde hacía tiempo, pero mantenía el distante castellano de escuela para usarlo junto con el vestido negro de ir a misa y masticarlo como las tortas de casabe con dulce de guayaba que le mandaba doña Natividad, la tía de Tico por parte de su papá.
Tal vez el miedo extremo era como un placer reservado a los más frágiles, todo se percibía como amortiguado, deforme, distante, entumecido, refractado, cualquier cosa menos doloroso, pero le permitía pensar a través de una bruma que lo llenaba todo, y le seguían llegando las memorias distantes en el tiempo…
Qué maldita vaina! Dejé escapar tantas.
Todos soñamos con revelaciones importantes que nos surgen al momento de entregar el aliento. Lo único que puedo ver son los ojos nublados de Tati frente a los míos y sentir el frío del piso del sótano mal iluminado por una bombilla que parpadea.
Ese frío me recuerda la ventana del tren, cuando me dormí camino a la fiesta en el “beisman” de donde Tico, al que todos conocían como “Mala bebida” porque los tragos le daban por echarse a llorar. Me desperté como por instinto cuando escuché “…….next stop is New Rochelle” con un doloroso calambre de frío en la mejilla derecha y la funda de papel kraft todavía bajo el brazo. Recordaba, a penas, la llamada de Tico la semana anterior:
- – Pana, llamé la vieja pa’ invitate pa’ un pary mano, tremenda gozadera.
- – Y pa’cuándo é?
- – El sábado de arriba mano, you know brow, the second Saturday from today.
- – Tengo trabajo, Lino anda pa’ la república.
- – Coño viejo, no me haga eso que te tengo un bicocho de a cinco. La prima de Tati que ya casi termina la Uni.
- – Manito, no sé, yo voy a ver si un cuñao de Lino me tapa pa’ podé vení el sábado, OK? Pero yo te llamo pa’trá.
- – Cuento contigo.
Cómo es posible soñar los sueños de otro?, ese es el misterio que ahora me agobia. Ese verde que no había visto nunca, era el verde de los arrozales a la entrada de San Francisco de Macorís. Los arrozales de los que me hablaba Secundina, cuando me contaba el sabor salado de los panecicos, la textura esponjosa de los cajuilitos, la dulzura del melao de caña y hasta el placer de la intimidad con la carne de la isla que no era como la del próspero norte. Esta nostalgia, estas pasiones, no me pertenecían, eran las de Secundina que las vivía vicariamente, en la soledad de sus historias que pasaban de su cabeza a mi corazón durante aquellos días interminables de tormenta invernal, entre la bulliciosa celebración del ciclo anual y el olor de las frutas de estación. Esta, en cambio, era mi tierra, aquella en la que nací, recién llegada Secundina de la isla, la que ahora me sostenía por la casi congelada mejilla.
Ahora lo recuerdo, el día de la fiesta donde “mala bebida” conocí a su novia Tati y a la prima Wilda. No parecían ser parientes. Era Tati una mulata de caderas anchas y Wilda una chica flaca, casi sutil, pálida y con un tinte rojizo en el pelo. Toda la apariencia de Wilda, su inglés inmaculado, su desconocimiento del dominicano coloquial y su castellano rudimentario dejaban ver a una verdadera americana. Era el orgullo y la envidia de los más acomplejados miembros de su familia. Esa noche la acompañé a su apartamento en Mount Vernon en un barrio de inmigrantes de Trinidad o de Jamaica. Por complacer a Tico la acompañé un par de veces al cine, a los museos, al “villaje” a tomar unas copas. El dinero del trabajo donde Lino era bueno, además, lo completaba llevando paquetes para un amigo jodedor. Son unos trabajitos fríos llevando funditas “upstate”. Me dan mil dólares por cada viajecito y con esa plata me doy el lujo de dar una vueltecita con Wilda de vez en cuando. La verdad no me gustaba gran cosa, pero el honor de hombre obliga. No se puede dejar pasar nada, de lo contrario quedas como un maricón, eso es cosa de americanos que tienen “amigas” pero no de nosotros, para nosotros las hembras son carne y te la tienes que comer.
Recuerdo la primera vez que lo hice con ella en su apartamento, lo cual para ella no tenía nada de raro, toda vez que siendo nacida y criada en “gringolandia” para ella tener intimidad era algo casi casual. Fue sexo deliberado y tenaz, la fui explorando con la lengua hasta que percibí todos los sabores de cada rincón de su cuerpo. Curioso, lo que más recuerdo era que me supo a talco Mexana y que en la cama era como en su trato, una verdadera gringa. Era, sin duda, una buena mujer y como toda mujer era impresionantemente insegura con respecto a su propia apariencia y a cómo la percibían los demás. Toda esa inseguridad estaba enterrada debajo de un manejo social impecable y de una adaptación al “sistema americano” que de verdad era perfecta. Gringa al fin, asumía que todo lo que yo quería, pedía, soñaba o hacía; lo quería, pedía, soñaba o hacía porque era un hombre hispano y un machista de mierda. En parte era verdad. Yo no quería ver el mundo como un inmigrante caribeño, pero sucede que eso es lo que soy y eso es todo lo que tengo.
Quién sabe si me habrá llegado a amar, ojala que no.
Por esos tiempos, la relación de Tico con Tati iba bien. Me contaba todo lo que hacían o dejaban de hacer, de su sabor a hembra isleña, de cómo gritaba bajito cuando alcanzaba el clímax, de las veces que lo “hicieron por teléfono”, o de una ocasión en que los atrapó el apagón de Nueva York estando en el “basement” y del trabajo que les costó subir a Tico con la silla de ruedas al hombro. La traté en muchas ocasiones, me parecía un poco plebe y provocadora pero, habiendo nacido en San José de Las Matas, tenía el encanto y la frescura de las niñas de la isla.
El día que todo empezó a joderse Tico me llamó para darme las instrucciones de cómo llegar a la casa de Tati pasando la 160, entre Saint Nicholas y Audubon. Quería que recogiera una olla de sancocho para llevarla a una reunión de su club de veteranos. Me llevé una vieja camioneta Chevrolet que me prestó mi vecino Papito. Cuando llegué el edificio tenía un olor fétido como el que se produce cuando están ablandando mondongo de res. Subí jadeando los cinco pisos hasta el apartamento de la tía de Tati, que estaba de viaje a la república, y al abrir salió Tati con pantalones cortos hechos de viejos “jeans” recortados, sandalias de goma como las que usan las amas de casa en la república, y blusa roja sin mangas. Olía a sudor fresco con trazas de colonia “Jean Naté” y me anunció con una sonrisa medio burlona que el sancocho no estaba listo porque las chuletas no terminaban de ablandarse y que si quería podía volver después o quedarme a beber unas cervezas presidente auténticas de la república que le trajo una prima que era azafata de no sé qué línea. Me quedé.
Qué pasó después, no lo recuerdo en detalle. Las cervezas eran fuertes, me senté en el sofá, lo próximo que recuerdo fue que acompañé a Tati a ver las fotos de la isla, hablamos de que estaba ilegal y que lo de los amores con Tico era para casarse para lo de la residencia, y de que cómo me iba con Wilda que era muy buena chica. A partir de ahí todo fue en una sola dirección, las bromitas pesadas, un supuesto masaje, besos espaciados, mi lengua recorriendo su cuerpo que me sabía dulce salado como la comida que comía mi tío Julián, su olor íntimo a almizcle y mango, la textura suave de sus pechos en mi boca, el jadeo lento, el frenesí caliente. Cuando llegué donde Tico me increpó por la tardanza y me preguntó la razón, le dije no me acuerdo qué mierda. Ahora que lo pienso él se quedó pensativo y no sé si habrá sospechado en ese momento.
A partir de ahí la relación con Wilda empezó a hacer agua y terminó mandándome a freír tusas. Con Tati todo se fue complicando. Ya era Abril tibio cuando me llamó Tico para otro “pary”.
El haberme quedado dormido en el tren era mal presagio, peor aún, el único carro a la entrada era el de Tati y no sonaba música. Tico me abrió la puerta como siempre, me presentó un tal Mariano, nativo de Jánico. Al acercarme a la puerta de la escalera que bajaba al “basement” sólo alcancé a ver durante el parpadeo de la bombilla y al fondo de la escalera, lo que parecían ser los pies de una mujer y una mancha grande color del vino. En ese momento sentí el dolor agudo de algo que penetraba mi espalda, el empujón brutal de una mano aleve, mis piernas perdieron fuerza, traté de sujetarme a los pasamanos y mi cabeza dio en los escalones. Varias vueltas más tarde, me vi en el piso, incapaz de moverme. Justo frente a mis ojos los de Tati, ya opacos y bajo mi brazo derecho la humedad tibia de la sangre. Creo que alcancé a musitar algo estúpido como “please, dial 911”.
Fatán, fatán……fatán, fatán……y ese verde de los arrozales de Secundina, que como su castellano era cada vez más distante y tan ajeno como todas mis pasiones.
Santo Domingo, Junio 2002.






