Pecados de Afluencia: 1. Ignorancia Musical

Pretendo hacer una lista de los pecados en los que incurrimos debido al mal uso de la relativa afluencia de que disfrutamos, como sociedad, desde hace un par de décadas. En este sentido comento:

Ayer iba conduciendo por las calles atestadas de Santo Domingo y, como siempre, soportaba el entaponamiento escuchando música que provenía de un iPOD que ya tiene más de seis años. En ese momento sonaba la reina de la «chanson mediterranee» doña Olga Lasso (le digo doña porque no todo el mundo debe excederse en confianzas con gente a la que no conoce). Y empecé a preguntarme cómo es que un tipo que nació tan tarde (1963) disfruta de música de la que escuchaba su padre.

Y es que no sólo escucho la música pop en español de los 1950 y 60 (Los Panchos, Tito Rodríguez, Felipe Pirela, Olga Guillot, Antonio Molina, etc) sino que conozco la letra, puedo cantar algunas de las canciones y también estoy completamente familiarizado con la música de aquella época idílica cuando los norteamericanos no podían hacer nada malo, me refiero a Ella Fitzgerald, Judy Garland, Glenn Miller, Frank Sinatra, Tommy Dorsey, Paul Weston, Jo Strattford, y muchos otros.

Cómo llegué hasta aquí? Cómo es posible que mis hijas, que disponen de recursos casi infinitos por comparación, no saben absolutamente nada de la música de mi época ni la de sus abuelos? Pues precisamente por eso, porque disponen de recursos infinitos. Porque padecen de afluencia.

En mi jueventud, yo no poseía música propia. Los discos de la casa eran los de mis padres, quienes también tenían muchos discos de la época de mis abuelos porque, a su vez, ellos sólo escuchaban la música de sus padres hasta que se «emancipaban». Y ojo que no se podía escuchar música todo el tiempo, había que pedir permiso y el permiso era escaso porque se gastaba la aguja de diamante que era bastante cara. De manera que la ocasión ideal para escuchar música era la visita de los tíos y los «tíos» (amigos de la familia que eran seleccionados como miembros de la familia mediante un ritual que en el Caribe lleva ron de por medio o cerveza ocasional).

En cambio mis hijas, que tienen una tarjeta de débito especial para adolescentes desde los once años y una cuenta para comprar en línea la música para sus respectivos iPOD’s, no padecen estos constreñimientos. Pueden escuchar la música que quieren cuando lo quieren. Que puede ser hasta en la iglesia gracias a los audífonos de diseño discreto cortesía de los japoneses, alemanes y chinos.

Por supuesto, optan por escuchar lo que compran, y lo que compran es lo que más se vende, o sea, el insolente de Juntin Bieber y otros mocosos que necesitan urgentemente un par de cachetadas.

Mea Culpa.

Este es un pecado colectivo, un pecado en el que participamos todos los que creemos que la ansiedad de pedir permiso para escuchar música es algo que frustra y arruina la niñez. No nos damos cuenta de que el placer furtivo de escuchar los discos de papá, mientras se piensa en la chica aquella de falda plisada, es una experiencia que no se puede comprar en la tienda de «Apple». Cualquiera diría que esta sociedad capitalista que se esmera en vender «experiencias», que no agua de colonia, café o música, ya habría encontrado una fórmula para embotellar eso.

De alguna manera la austeridad forzada de la posguerra y de esos años, en que sólo se botaba lo podrido o lo destruído, generaron con sus privaciones una capacidad de detectar las sutilezas de un bolero, un danzón, un tango o el «jitterbug». Y parece que el patrón se repite porque las sociedades con menos riqueza material tienen unas expectativas un tanto más optimistas que las que se miden en los países en los que la gente disfruta de mayores posesiones. Por lo menos en el Caribe es así.

Cierto, me gustaría que mis hijas escucharan algo de la música que me trae recuerdos, pero no niego que hay algo narcisista en ello. Debe ser esto de la mediana edad y el maldito inconformismo con que ya no puedo nadar los cien metros estilo libre en un minuto.

Bueno … a la mierda! Me voy a escuchar algo de Frank Sinatra o de la incomparable Ella Fitzgerald. Y como dirían en la península … a Justin Bieber que se vaya a tomar p’uer culo.

Santo Domingo, Mayo del 2016.

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