Cultura Fluida o Gelatina con Frutas

Desde mi niñez he venido escuchando como un sonsonete eso de que estamos siendo penetrados culturalmente y que nuestra identidad está siendo desplazada. Ahora entiendo que es importante que dejemos asentadas un par de verdades como para no seguir engañados y metidos en el mismo discurso de siempre.

La primera verdad es que la cultura dominicana es tenaz, recursiva y vigorosa como pocas. Tenemos características culturales únicas y que tienen sus raíces en siglos de historia de convivencia cultural entre nuestros ancestros de todas partes. Es cierto que tomamos prestados e integramos a nuestro continuum cultural muchos giros y formas de hacer las cosas. Pero, ¿acaso no es toda la historia humana un proceso de adiciones paulatinas que modifican incrementalmente toda la experiencia humana y la adaptan a su entorno?

Todos los sistemas complejo-adaptativos se fortalecen con la diversidad y es precisamente ese «tomar prestado lo que no tenemos» lo que garantiza la supervivencia de esa masa que se llama la cultura vernácula. Nuestra manera de ser y decir es una especie de cultura fluida, como el agua cede, retrocede, envuelve y rodea todo lo que pretende desplazarla. Sin embargo, queda. Ningún caribeño dijo nunca que no a nada. Nuestros ancestros recibieron a visitantes de todas partes y, rara vez, opusieron resistencia violenta. Esta última emergió con el tiempo.

De manera que nuestra cultura es como un tazón de gelatina con frutas. En ella, lo esencialmente dominicano y caribeño es esa gelatina que lo mantiene todo unido. Que le da consistencia a nuestra vida cotidiana y nuestro hacer. Dentro de ese hacer están suspendidos, a manera de frutas, los pedazos de toda otra cultura que quiso imponerse, desplazar, intimidar, o convertir a lo que somos. Y el todo mantiene, entonces, esa criticalidad auto-equilibrante que nos permite adaptarnos a este entorno de gigantes iracundos y amenanzantes (oh boy! this is something), a este pasar de potencias en vacaciones, a esta historia sin contar.

Los jóvenes dominicanos son una especie de rareza en el continente ya que se esmeran por aprender las danzas nacionales e incluso las exportan. Los ritmos que han ido emergiendo en nuestros ámbitos rurales y urbanos, como la bachata, el merengue, y las versiones urbanas de ambos, se mantienen presentes en casi todos los entornos festivos. Nuestra comida tiene el marco referencial fijo del arroz, las habichuelas y la carne guisada. Todo lo demás pasa cantando. Pasaron los franceses con sus suflés, los árabes con rollos de repollo y tabuleh.

La segunda verdad es que todo cambia, así sea en la superficie, y eso no significa que cada cambio sea para siempre o que no haya, en el fondo, una civilización inamovible, una gelatina suave al tacto y transparente a la vista, pero que es al mismo tiempo incompresible y auto-sustentada. Los dominicanos siempre hemos dicho que todo lo que llega a esta isla eventualmente se oxida, se daña, se cambia o se disfraza. Los enanos crecen, a los calvos le sale pelo, las fieras devienen mascotas y solo queda el sol y el viento. Sino preguntenles a los chinos que ahora se llaman José o Santiago, o a esas imágenes católicas que significan otras cosas para los cultos sincréticos.

Es cierto que nuestra habla vernácula se ha ido llenando de extranjerismos, mayormente anglicismos, pero también es cierto que esas palabras no son simple y llanamente añadidas, sino que son modificadas, torcidas y pegadas, y que en Nueva York hay ahora mismo más estaciones de música dominicana que las estaciones que hay en Santo Domingo de música norteaméricana. Nuestra cocina ha ido incluyendo, y modificando, platos de todas las regiones. Nuestra versión del chowfan, que ahora incluye salchichón, está presente en casi todos los restaurantes chinos de Santo Domingo. Al mismo tiempo, la cultura china que es siempre tan definitiva y erecta que define lo que es chino definiendo aquello que no lo es, en nuestro país ha tenido que ir negociando. Los establecimientos de comida china en todo Santo Domingo ahora son de «comida china y criolla» y se manifiestan en algo tan local como el llamado «pica pollo». Originalmente un plato a base de pollo frito que se creó en el sur de los Estados Unidos y que ahora lleva tostones (rodajas de platano verde frito) y que puede ser de pollo al horno en vez de frito, que fue torcido y cambiado para, finalmente, ser convertido en plato dominico-chino.

Para que haya penetración cultural tendría que haber un penetrante y un penetrado. Y nosotros penetramos como el que más. Eso de asimilar no es nuevo. Ya desde principios del siglo XX la películas que veíamos eran mexicanas o argentinas. Igual la música que escuchábamos podía venir desde el sur o desde Cuba. Lo único cierto es que esta cultura fluida, esta gelatina de frutas en la que vivimos, nunca dijo que no, nunca cerró sus puertas. Gracias a Dios.

Por eso estamos y somos.

Santo Domingo, Mayo 2016.

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